Rosas negras

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  • Publicado : 4 de enero de 2011
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Me aventuré a salir en su busca a esas horas en que clama la sed, impetuosa, aun sabiendo que no será saciada con el primer licor que liben mis labios de unos labiosajenos, pues no es fruto del anhelo de cuerpos que me arropen o lastimen. Sus costumbres festivas eran de sobra conocidas, por lo que no me llevó mucho tiempo dar conaquel lugar: Dioscuria.

El local estaba abarrotado de seres nocturnos, bullangueros, obnubilados por la música, de bocas que asomaban lenguas vivaces, de miradas enfermas,rotas, que, con afán, buscaban la oportuna distracción, la que se adecuara a sus necesidades. Entre todas, reconocí sus formas, y se encontraron, entonces, sus ojos y losmíos, en un instante que se vuelve infinito en mi memoria, haciéndome advertir el abrazo que en contadas ocasiones se dan fugacidad y eternidad. La observaba, deleitándome concada uno de sus movimientos; lograba eclipsar mis sentidos en cierta forma, y, en otra, despertar mis más fieros instintos.

Al cabo de un rato, hizo ademán de sentirseindispuesta, de modo que la seguí hasta las afueras de aquel antro; cuando salí, estaba sentada en la acera, mirando a ninguna parte, y por sus mejillas resbalaban unaspocas lágrimas, silenciosamente, reflejo éstas de un profundo pesar. Me acerqué y, sentándome a su diestra, le ofrecí un pañuelo y un poco de conversación. Estuvimos allívarias horas que transcurrieron tan lentas como intensas, como si la noche se hubiese vuelto parsimoniosa en su andadura de regreso al averno.

Me dio a entender que noparecía una de esas bestias petulantes que frecuentaban con asiduidad la zona, así que, más calmada, me invitó a acompañarla a casa dando un paseo ligero por una...
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