Santa

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Santa

Federico Gamboa

Índice

Preámbulo de Federico Gamboa.

PRIMERA PARTE

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

SEGUNDA PARTE

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Preámbulo

A Jesús F. Contreras, Escultor

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No vayas a creerme santa, porque así mellamé. Tampoco me creas una perdida emparentada con las Lescaut o las Gauthier, por mi manera de vivir.

Barro fui y barro soy, mi carne triunfadora se halla en el cementerio.

Desahuciada de las gentes de buena conciencia, me cuelo en tu taller con la esperanza de que, compadecido de mí, me palpes y registres hasta tropezar con una cosa que llevé adentro, muy adentro, y que calculo seríael corazón, por lo que me palpitó y dolió con las injusticias de que me hicieron víctima...

No le digas a nadie ―se burlarían y se horrorizarían de mí―, pero, ¡imagínate!, en la Inspección de Sanidad, fui un número; en el prostíbulo, un trasto de alquiler; en la calle, un animal rabioso, al que cualquiera perseguía; y en todas partes, una desgraciada.

Cuando reí, me riñeron; cuandolloré, no creyeron en mis lágrimas, y cuando amé, ¡las dos únicas veces que amé!, me aterrorizaron en la una y me vilipendiaron en la otra. Cuando cansada de padecer me rebelé, me encarcelaron; cuando enfermé, no se dolieron de mí, y ni en la muerte hallé descanso; unos señores médicos despedazaron mi cuerpo, sin aliviarlo, mi pobre cuerpo magullado y marchito por la concupiscencia bestial de todauna metrópoli viciosa...

Acógeme tú y resucítame, ¿qué te cuesta...? ¿No has acogido tanto barro, y en él infundido, no has alcanzado que lo aplaudan y lo admiren...? Cuentan que los artistas son compasivos y buenos... ¡Mi espíritu está tan necesitado de una limosna de cariño!

¿Me quedo en tu taller...? ¿Me aguardas?

En pago ―morí muy desvalida y nada legué―, te confesaré mihistoria. Y ya verás cómo, aunque te convenzas de que fui culpable, de sólo oírla llorarás conmigo. Ya verás como me perdonas, ¡oh, estoy segura, lo mismo que lo estoy de que me ha perdonado Dios!

Hasta aquí, la heroína.

De mi parte de repetir ―no para ti, sino para el público― lo que el maestro de Auteuil declaró cuando la publicación de su Fille Elisa:

Ce livre, j´ai la conscience del´avoir fait austère et chaste, sans que jamais la page échappée à la nature delícate et brûlante de mon sujet, apporte autre chose à l´esprit de mon lecteur qu´une méditation triste. (Este libro, tengo la conciencia de haberlo hecho austero y casto, sin que la página escapada de la delicada y ardiente naturaleza de mi tema, jamás traiga otra cosa a la mente de mi lector que una tristemeditación.)

Federico Gamboa

Primera Parte

Capítulo I

― Aquí es ―dijo el cochero deteniendo de golpe a los caballos, que sacudieron la cabeza hostigados por lo brusco del movimiento.

La mujer asomó la cara, miró a un lado y otro de la portezuela, y como si dudase o no reconociese el lugar, preguntó admirada:

―¡Aquí...! ¿En dónde...?

El cochero, contemplándola canallamentedesde el pescante, apuntó con el látigo tendido:

― Allí, al fondo, aquella puerta cerrada.

La mujer saltó del carruaje, del que extrajo un lío de mezquino tamaño; metióse la mano en el bolsillo de su enagua y le alargó un duro al auriga:

― Cóbrese usted.

1. Muy lentamente y sin dejar de mirarla, el cochero se puso en pie, sacó diversas monedas del pantalón que recontó luegoen el techo del vehículo y, por último, le devolvió su peso:

― No me alcanza; me pagará usted otra vez, cuando me necesite por la tarde. Soy del sitio de San Juan de Letrán, número 317, y bandera colorada. Sólo dígame usted cómo se llama...

― Me llamo Santa, pero cóbrese usted; no sé si me quedaré en esa casa... Guarde usted todo el peso ―exclamó después de breve reflexión, ansiosa...
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