Smith kathryn - t amigos 02 - un juego escandaloso

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  • Publicado : 23 de mayo de 2011
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Kathryn Smith

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AMIGOS 2

UN JUEGO ESCANDALOSO

Para Lynda

Por llevar contigo a tu hermanita pequeña cuando ibas a nadar con tus amigos; por dejar que me pusiera en medio cuando tú y David os sentabais en el sofá; por permitirme que te echara a patadas del sofá, y porque siempre has hecho que me sienta especial. Sigo sin ser tan especial como tú.

ÍNDICECapítulo 1 4
Capítulo 2 19
Capítulo 3 33
Capítulo 4 45
Capítulo 5 58
Capítulo 6 73
Capítulo 7 90
Capítulo 8 105
Capítulo 9 119
Capítulo 10 132
Capítulo 11 146
Capítulo 12 161
Capítulo 13 172
Capítulo 14 188
Capítulo 15 199
Capítulo 16 209
Capítulo 17 221
Capítulo 18 232
Capítulo 19 241
Capítulo 20 255

RESEÑABIBLIOGRÁFICA 267
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Capítulo 1

Londres, primavera de 1818

Diez años.
Había pasado una década desde que lo dejó. Ciento veinte meses. En esos años a veces no pensó en ella; por ejemplo, durante el tiempo que pasó en Nueva Escocia. Allá, en un lugar extraño, tuvo otras cosas que ver y en las que concentrarse, además de en lo mucho que la echaba de menos. Peroahora que había vuelto a Londres, en el escenario familiar y a punto de cumplirse el aniversario de su traición, el recuerdo inundaba su cabeza. Habían pasado diez años desde que perdió a la mujer que amaba, al igual que el corazón, que ella se llevó consigo sin darse cuenta.
Ah, sí. También era el aniversario de la muerte de su padre, pero eso le producía mucho menos dolor que entonces. Muchomenos que la pérdida de su amor, pues se deshizo de él para limpiar el desastre que su padre había dejado tras de sí.
De pie ante una de las muchas ventanas de su estudio, Gabriel Warren, conde de Angelwood, apoyó el antebrazo en el lustroso marco de roble y se inclinó hacia adelante hasta que el antepecho de la ventana se le clavó en el muslo y le rozó la muñeca. Los ojos fijos que ledevolvieron la mirada desde el cristal no sólo reflejaban el color gris del día, también la fría desolación de su ánimo.
Estaba solo. En Halifax había muchas personas deseosas de entretenerlo con historias mientras tomaban una pinta de cerveza. Siempre había algún baile o alguna taberna adonde ir; siempre había alguien que lo recibía en su casa y lo atiborraba de comida… Claro que en Halifax él noera un conde, sino, sencillamente, el socio de Garnet: un negociante de cierta importancia.
Ahora que había vuelto, se encontraba otra vez en su propio ambiente. No le importaba regresar a lo que le era familiar, porque, aunque en ocasiones ser un «hombre corriente» era bastante duro, echaba de menos la compañía de sus amigos. Julián aún no había vuelto del continente, y Brave, que era padredesde hacía poco, prefería permanecer bien lejos de Londres con su esposa y su hijo. Gabriel se había perdido el nacimiento de su sobrino honorífico, y eso también lo molestaba.
Siguiendo su costumbre, miró a la calle con atención. Todavía albergaba la esperanza de que aquel día sería distinto, y de que ella aparecería de pronto ante su puerta para decirle dónde se había ocultado desde hacíaochenta y siete mil seiscientas horas; aún deseaba saberlo. Aún necesitaba saberlo. Con un resoplido de disgusto, se retiró de la ventana. No hacía ni una semana que estaba en Londres y ya caía en los viejos hábitos.
Qué patético.
Tendría que encontrar algo en lo que meterse de lleno, algo que acabara con aquella obsesión; quizá era hora de seguir su lucha contra el juego en Inglaterra.Alguien llamó a la puerta. Enfadado consigo mismo, Gabriel soltó un seco y desconsiderado «¿Qué pasa?».
La puerta se abrió y apareció Robinson, el mayordomo. Por su aspecto parecía más un jornalero que un criado, con el cuello grueso y los hombros macizos, pero tenía el par de ojos azul pálido más penetrantes que Gabriel había visto nunca…, además del ingenio más mordaz. Su familia...
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