Sociedad de complices

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G. Portocarrero

La Sociedad de Cómplices
Como Causa del Desorden Social en el Perú

En este ensayo me propongo identificar una fantasía colectiva, una ficción que fundamenta una socialidad, o vínculo intersubjetivo, que trabando el funcionamiento de la ley, está, sin embargo, en la base misma del (des)orden social peruano. Esta fantasía no es otra que la presunción de los otros, casi todos,son nuestros cómplices. Entonces esos otros nos alentarán o envidiarán cuando ignoremos la ley. Cada uno supone que la negación de la autoridad está consentida por (casi) todos los demás. La generalización de esta fantasía implica un escepticismo sobre lo legítimo de la autoridad que lleva a un rechazo de los límites impuestos por la sociedad; finalmente, a un desconocimiento de los derechos delos demás. Tras esta fantasía de una “sociedad de cómplices” se encuentra un deseo (infantil) de omnipotencia. Deseo realizable —relativamente— en la medida en que la figura paterna es débil y en tanto que existen otros acostumbrados a subordinarse[1]. Entonces el rechazo compartido de las imposiciones sociales fundamenta una suerte de contrato, de un ajuste mutuo de expectativas, que se cristalizaen una predisposición colectiva, o licencia social, para transgredir la normatividad pública.

Pero la resistencia a la ley, y la consiguiente proclamación de una soberanía absoluta del individuo, está acompañada de un sentimiento de culpabilidad. Después de todo se vive ignorando la moralidad pública, justificando su quebrantamiento. Por tanto esa comunidad de “niños omnipotentes”,supuestamente inocentes, se basa en la complicidad. Es decir, el vínculo que hermana la comunidad es ignorar las faltas del otro. Somos tan débiles y comprensivos… En realidad se sabe que se hace lo que no se debe pero igual se hace. Entonces se impone la imagen de que en el Perú “todos estamos en el fango”, que todos ya tenemos o, en todo caso, podemos tener, “rabo de paja”. La actitud verdaderamente lúcidaes entonces el cinismo: aceptar que debajo de nuestra piel civilizada está lo realmente decisivo: nuestro rechazo o prescindencia de la ley y la disciplina. Si aceptamos esta imagen como cierta solo nos queda pensar que cualquier enjuiciamiento tiene como trasfondo un moralismo hipócrita. En efecto, no sería honesto culpar a otro por hacer lo que nosotros mismos haríamos si estuviéramos en suposición. Por tanto nadie debería meterse con nadie. No nos tomamos las cuentas pues como se dice “entre gitanos no se leen las suertes”. Si no reprochamos, nadie nos reprochará. La consecuencia de este pacto social clandestino es que se inhibe la protesta contra el abuso. “Hoy por mi y mañana por ti”. Todos nos disculpamos mutuamente, apañamos nuestras culpas, nos solidarizamos en la falta. Latransgresión se nos aparece como inevitable y hasta graciosa[2].

Pero la transgresión fragmenta la subjetividad pues implica renegar de la conciencia de estar actuando contra la ley. La renegación de la moralidad característica de la postura cínica produce, sin embargo, una autoimagen negativa que se proyecta en un deseo de castigo, en una actitud “flagelante”, despiadada. Se generan así,actuaciones destructivas, dolorosas inculpaciones. La realidad de estos castigos apunta a que, después de todo, sí hemos internalizado la ley. El sujeto criollo está pues desgarrado entre su reivindicación de engreída omnipotencia y el asecho de la ley en su propia conciencia. De ahí que las cosas no sean ni simples ni fáciles. El dejar hacer, la tolerancia a la transgresión, está acompañada por la críticay la descalificación que brotan del anhelo de pureza, de estar acordes con la ley.
Pero, aunque se pague con la culpa, los hechos distintivos son la transgresión y la complicidad. La fraternidad de los “niños omnipotentes” es en realidad la “sociedad de cómplices”. No obstante, la fantasía de vivir sin límites solo puede ser verdad para unos cuantos. La contrapartida necesaria de los “niños...
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