Sospechoso de mi mismo

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Discurso de Václav Havel al recibir el Premio Sonning
Copenhague, 28 de mayo, 1991

Mienten todos los que afirman que la política es algo sucio. La política es simplemente un trabajo que requiere hombres genuinamente puros, puesto que al desarrollarlo podemos ensuciarnos moralmente con especial facilidad.
El premio que hoy se me concede suele adjudicarse más bien a los intelectuales que a lospolíticos. Yo represento a quien suele llamarse intelectual, pero el destino me ha llevado -de un día para otro- a lo que conocemos como el mundo de la alta política.
Permítanme aprovechar mis experiencias particulares e intentar enfocar, con el ojo crítico de un intelectual, el fenómeno del poder tal y como lo he conocido hasta ahora, es decir, desde dentro, y, especialmente, la naturaleza delas tentaciones que conlleva el poder respecto a la existencia del hombre.
¿Cuál es la verdadera razón de que los hombres deseen el poder político, y de que, una vez que lo tienen, les cueste tanto renunciar a él? En principio, podemos clasificar los motivos de sus anhelos en tres categorías:
Primero, los hombres se ven impulsados a la política por sus esperanzas de alcanzar un mejor ordensocial, por su fe en determinados valores o ideales -buenos o dudosos- y por la necesidad o el deseo irresistible de luchar por ellos o llevarlos a la práctica.
Segundo, dicho impulso responde, con toda probabilidad, al anhelo natural de autoconfirmación de todo ser humano. ¿Podríamos imaginar una forma más atractiva de confirmación de nuestra existencia y de su auténtico valor que la que el poderpolítico ofrece? Éste, por su misma esencia, otorga al hombre amplias posibilidades de fortalecerse a sí mismo, dejando huellas de su existencia claramente visibles en un entorno muy amplio, de moldear el mundo que le rodea a su imagen, de gozar del respeto que toda función política concede automáticamente a quien la ejerce.
El tercer grupo de razones que explica por qué numerosos hombres sueñan conel poder político y renuncian a él de tan mala gana lo constituye la variada gama de ventajas que, inevitablemente, lleva implícitas la vida del político, incluso en las relaciones más democráticas.
Según he constatado, los tres grupos de razones se entrelazan siempre de un modo tan complejo que a veces resulta prácticamente imposible determinar cuál de ellos predomina. Los motivos de los dosúltimos se manifiestan, casi siempre, como los del primero: yo, al menos, no conozco a ningún político capaz de confesar ante el mundo, o, incluso, ante sí mismo, que aspire a un cargo sólo por el expreso deseo de autoconfirmar su propia importancia y su propio valor, o, simplemente, por querer gozar de las ventajas que reporta el poder político. Por el contrario, todos repetimos, una y otra vez, queno aspiramos al poder como tal, sino solamente a determinados valores generales, y que únicamente nuestra responsabilidad ante todos nos obliga a asumir la carga de una función en interés de los valores que defendemos. La mayoría de las veces, sólo Dios sabe si en realidad es así o si se trata únicamente de un mero formulismo para justificar ante el mundo nuestras ansias de poder y, de esta manera,ratificar que existimos y que nuestra existencia es válida y respetable. Sin embargo, la situación es algo más complicada, ya que la necesidad de autoconfirmación no contiene en sí misma ningún elemento condenable: es algo genuinamente humano, y difícilmente podríamos imaginar un ser humano completo que no sueñe con ser reconocido y valorado y con tener constancia evidente de su propio ser.Pertenezco al grupo de quienes conciben su cargo político como una manifestación de responsabilidad ante el resto de la sociedad, como un sentido del deber e, incluso, como un sacrificio. Pero al observar que otros políticos a los que conozco bastante bien afirman lo mismo que yo, me veo en la obligación de analizarme otra vez y cuestionarme si incluso yo mismo no comienzo a mentirme y si, en mi...
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