Su unico deseo

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Gaelen Foley

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TRILOGÍA SPICE, Nº 01

SU ÚNICO DESEO

ÍNDICE

Capítulo 1 3
Capítulo 2 17
Capítulo 3 36
Capítulo 4 53
Capítulo 5 67
Capítulo 6 78
Capítulo 7 89
Capítulo 8 111
Capítulo 9 130
Capítulo 10 144
Capítulo 11 165
Capítulo 12 186
Capítulo 13 198
Capítulo 14 210
Capítulo 15 226Capítulo 16 243
Epílogo 256

Agradecimiento 262

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 263

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Capítulo 1

India, 1817

Bajo un cielo incisivo, azul como las plumas del pavo real, la ciudad de Calcuta, calcinada por el sol, se extendía a lo largo de un meandro del río Hooghly perfilado de palmeras, como un tapiz que hubiera cobrado vida o un exquisito chal de seda queondeara al compás de una brisa cargada del aroma de las especias.
Las bandadas de pájaros revoloteaban en torno a los chapiteles redondeados de los antiguos templos hindúes, y los fieles, a la entrada de los portones de imbricada talla, con unas túnicas con los colores vivos de las flores, se bañaban en la escalinata de piedra que desaparecía en las aguas. El ruidoso mercado se extendía a lo largode la neblinosa orilla en un tumultuoso revoltijo de puestos y tenderetes dedicados al regateo que ofrecían toda clase de artículos, desde alfombras afganas hasta afrodisíacos preparados con cuerno de rinoceronte.
Lejos de las pobladas orillas, el río era un hervidero de transacciones comerciales, típico de la capital de la India británica. El monopolio que la Compañía de las IndiasOrientales ejercía desde hacía tiempo había sido cancelado; era época de hacer fortuna, y a río revuelto, ganancia de pescadores. Los mercaderes y los comerciantes instalados en los muelles cargaban productos destinados a mundos lejanos en embarcaciones de aparejo redondo.
Entre tanto caos y exuberancia, una goleta de fondo plano atracaba en silencio.
Un inglés alto e imponente, de mandíbulacincelada y firme, estaba acodado en la borda. Destacaba entre el gentío por su formidable estatura, sus ojos de lince, inmóviles, y la discreción elegante de su atuendo londinense, mientras a su espalda los marineros sucios y descalzos se apresuraban a echar el ancla y recoger las velas, concentrados en sus tareas.
El hombre de ojos verdes y pelo oscuro, con rasgos adustos y patricios,escrutaba el panorama que ofrecía el muelle y vigilaba con aire expectante mientras reflexionaba sobre su misión...
Cada año, a finales de septiembre, cuando menguaban las lluvias torrenciales del monzón, el cielo se despejaba y las revueltas aguas de las crecidas retrocedían, empezaba la más sangrienta de las estaciones: la temporada de la guerra. Los tambores sonaban y los ejércitos se concentrabana muchos kilómetros de distancia.
Era el mes de octubre. El terreno empezaba a secarse y, por su dureza, pronto estaría practicable para las cureñas y las cargas de caballería. La matanza era inminente. A menos que pudiera impedirlo.
Atisbando hacia un lado, Ian Prescott, marqués de Griffith, examinó las barcazas cercanas con la seguridad de quien sabe que lo siguen.
Nada nuevobajo el sol. Todavía no había visto a su perseguidor, pero en su profesión los hombres desarrollaban un sexto sentido sobre esos asuntos o no vivían para contarlo. De todos modos, la situación no le preocupaba. Era más duro de pelar que cualquier otro cortesano de la época, lo que ya habían comprobado, para su desgracia, asesinos enviados por distintos gobiernos extranjeros.
Escondido bajo unaindumentaria de confección impecable, llevaba un discreto arsenal; además, las potencias coloniales que rivalizaban en la región no podían asesinar a un diplomático de su rango sin provocar un incidente internacional. Aun así le habría encantado saber quién le andaba a la zaga.
—¿Será francés? —musitó.
Los franceses tenían todos los puntos, como siempre, aunque no podía descartar a los...
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