Tamara kamenszain

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  • Publicado : 4 de marzo de 2011
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TAMARA KAMENSZAIN Testimoniar sin metáfora. La poesía argentina de los 90*

En una sociedad en la que aparentemente ya no queda nada por profanar –la cámara de los reality shows se instala hasta en los baños– escritores como Washington Cucurto, Martín Gambarotta y Roberta Iannamico, cuyos libros de poemas salieron en la Argentina a partir del final de la década del 90, parecen descreer queexista algún «improfanable».1 Intentando despegar la escritura poética de su herramienta retórica por excelencia, la metáfora, ellos pretenden sortear tanto lo simbólico como lo imaginario con el fin de acercarse lo más posible a lo que justamente la retórica falla siempre en representar: lo real.2 Si las cámaras de los reality shows vienen a apaciguar, con la tecnología de su maquinaria realista, elvacío que abre esa imposibilidad de representar lo real, estos poetas parecen buscar todo lo contrario usando una metodología aparentemente idéntica. El reality show que montan en sus páginas está filmado con una cámara en mano por los propios protagonistas. Así, lo que era un espectáculo, se desinfla para dejar ver las cosas mismas o, mejor, lo que vive entre ellas («la mitad en la línea deencuentro entre mundo exterior e interior»).3 Pinchando el supuesto efecto de show de la realidad, aquí se busca promover un encuentro, justo donde la «literatura» había ejercido una separación –habla y escritura, literatura y vida, forma y contenido, significante y significado, etcétera–. De esta manera se emprende un trabajo profanatorio que implica empezar siempre de cero. Como si no hubieratradición literaria. O como si los datos de esa tradición pasaran, descarnadamente, a tener otra función. Así, los nombres de algunos escritores que precedieron a estos poetas, dejan de operar como un guiño de complicidad literaria y adquieren, sobre la página, un valor de uso. Por ejemplo Zelarayán,4 apellido del poeta Ricardo Zelarayán, es «usado» como título de un libro de Washington Cucurto. Ya dentrodel libro, el personaje llamado Ricardo Zelarayán era arrastrado de los pelos por los guardias de seguridad por tirar las espinacas al piso la bandeja de kiwis al piso por destapar los yogures de litro. Como se puede ver, aquí el proceso sacralizador que suele dejar separada a la tradición literaria confinándola al museo de la cultura, queda profanado. Haciendo uso de esa tradición con finesinesperados, se la restituye al cuerpo de donde había sido arrancada (literatura) inyectándole vida nueva.5 Hasta el formato de los libros de estos poetas parece querer venir a desacralizar lo que, para aludir a la separación a la que fue sometido, llamamos literario entre comillas. Son libros de formato reducido, cuya precariedad supone lidiar con un objeto que se parece más a un juguete perecederoque a un fetiche intelectual, y que supone también guardarlos en la biblioteca corriendo el riesgo de que se escabullan detrás de los grandes. En ese sentido, habría que decir que tal vez estemos ante un nuevo tipo de objetos –exlibros carentes de exlibris– que no fueron pensados para acomodarse en ese mueble que exhibe en el living de la modernidad un almacenamiento de cultura muerta. Caídosdetrás de esa hilera lineal que parece venir a confirmar «la museificación del mundo de hoy»,6 buscan desordenar el espectáculo como lo hace el personaje «Ricardo Zelarayán» entre las góndolas del supermercado. Por último, las editoriales donde están publicados los libros de estos poetas –generalmente emprendimientos de autogestión– también muestran, para nombrarse a sí mismas, una voluntad de despegarde toda remisión literaria. A diferencia de las editoriales de poesía de los 60 –Tierra Firme, Último Reino, Tierra Baldía– cuyos nombres quieren decir más de lo que dicen, Siesta y Belleza y Felicidad parecen aludir a ese estado de literalidad cuyo humor exige, justamente, no ser perturbado por un plus de sentido. Deldiego, otra de las editoriales, hace uso de un nombre propio al que, a la...
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