Tarea sobre el terrorista sentimental

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  • Publicado : 22 de octubre de 2010
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Un terrorista sentimental

Tenía la orden de poner la bomba en el Valle de los Caídos y el terrorista estaba tomando un plato combinado en una cafetería de la Gran Vía con la bolsa de deportes a los pies, donde guardaba el artefacto en una caja de puros, marca Montecristo. Se trataba de un bizcocho de dinamita, hecho a mano, con un lío de cables rojos que el joven pálido no entendía, perosólo había que accionar una llave y entonces el reloj comenzaba a funcionar. Era una bomba de potencia media, uno de esos regalos que puede derribar una pared maestra y despanzurrar a los curiosos en 10 metros a la redonda. Naturalmente, este pálido ser de 23 años quería arreglar el mundo, no era un asesino contratado en los bajos fondos, sino un idealista con el cerebro roído por la obsesión derecomponer el caos e implantar el reino de la justicia. Para eso, acababa de llegar a Madrid en el expreso de Irún. No conocía la ciudad, aunque había oído hablar de sus desastres, de la perra vida que llevaba la gente. Por ejemplo, el camarero le había servido unas croquetas de sebo y una merluza podrida. Había sido enviado para dar un golpe individual y por toda infraestructura sólo contaba con undinero de bolsillo, que debía administrar con ascetismo fanático. En este caso no había un piso franco ni enlaces o comandos dormidos. El trabajo era muy simple, sin demasiado riesgo, aunque de mucho efecto. Consistía en coger un autocar de turistas en la plaza de Oriente, llegar al Valle de los Caídos y dejar el bizcocho cerca de la tumba del faraón. La excursión salía a las ocho de la mañana, peroen este momento el terrorista sólo deseaba matar al camarero por culpa de una rodaja de merluza.
Podía dormir en un parque tapado con periódicos, usando de almohada el macuto cebado con dinamita, o seguir la receta clásica para estos casos. Si quería evitar su rastro por cualquier pensión no había más remedio que alquilar de guía a una puta amable hasta el amanecer. Era la mejor solución. Alas tres de la madrugada, después de oír música de jazz en un sótano, el terrorista se hallaba en la acera de la Telefónica en medio de una contrata de carne. Allí se vendían los restos de la jornada, un género muy resabiado, reculado contra las paredes y vigilado a media distancia por los chulos. No había mucho donde elegir, pero el muchacho sólo buscaba encontrar en esa subasta una miradamaternal, un rostro no demasiado cruel. Por 80 euros, cama incluida, una mujer de 50 años se llevó al excursionista a una casa de la Corredera Baja. Estaba dispuesto a pagar un suplemento si la buena señora no tenía prisa.
El terrorista dejó el macuto en el suelo y después quedó boca arriba en el catre mirando la bombilla pelada del techo. La señora parecía una máquina tragaperras. Cada media hora, elterrorista tenía que depositar un billete en la mesilla para que ella le siguiera soportando el relato de su vida. En el fondo era un sentimental. Se había educado en un colegio de curas, había sido niño cantor en una escolanía y en la adolescencia había descubierto de pronto la maldad de este mundo. Sabía que los hombres no eran felices, aunque en esto a veces tenía sus dudas; pero una cosaestaba clara: aquella prostituta bostezaba y el joven revolucionario quería acabar con la injusticia social.
Cuando el terrorista penetró en la basílica fue acogido enseguida por una sensación de frescor perfumada de incienso, y de momento no se dio cuenta de que estaba sonando el órgano. Venía obsesionadocon la dinamita e Ízaba los ojos por las paredes ascéticas buscando urnas de soldadosvictoriosos y muertos. Después se acercó a la tumba del dictador. Contempló la corona de flores que cubría la losa. Allí dentro, la encarnación del mal esperaba el juicio de la historia. En este instante el terrorista se había convertido en el brazo vengador. Cuando iba a depositar, como obsequio, la caja de puros, cebada con dinamita, bajo la guirnalda de mirto, antes de que le diera media vuelta a la...
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