Tlactocatzine el jardin de los flandes

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  • Publicado : 4 de octubre de 2010
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Mira, vé: ya empezó el invierno.
De las espaldas del cielo caía sobre Panamá un torrente de filos claros que escurrían, de la tierra herida en las calles adyacentes, a la Vía España. En la frontera de asfalto las aguas turbias se arrinconaban desorientadas, temiendo sin conciencia la succión del drenaje. Respiración lejana de la ciudad, marcha de rumores, quedaba suspendida en el vapor de lasaceras, en el occipucio de las palmas, en los cuerpos estacionados bajos los toldos.
Luz visceral, amarilla como la lluvia al abrazar el polvo. Muriel despertó, eran las doce del día. Las ventanas abiertas se mecían hasta formar una esdrújula reticente; las sábanas caían pesadas sobre su cuerpo. Sombra corta de las patas de la mesa, y el silencio dominaba la tos del hombre. Ana ya no estaba;quizá volvería en la tarde, mojada, a pasearse en su cáscara floja.
Muriel extendió los brazos y colocó sus manos sobre la cabeza. Entre los minutos, moscas verdes visitaban el mapa gris de su torso, y los sobacos vencían al aire. Vacío: sólo observaba las lejanas colinas, recortadas por la navaja oscura del día. Ni un pájaro, ni un presagio. Unicamente tiempo enredado en la maraña de electricidad.Jugaba con lentitud a la jitanjáfora: el país estaba poblado de ellas, eran como sus pies...
Alanje, Guararé, Macaracas, Arraiján, Chiriquí.
Sambu, Chitré, Penonomé...
Chicán, Cocolí, Portogandí... Ese ritmo era una defensa.
Cuando escampó, Muriel se levantó con la frente empapada. Fue al closet a buscar sus zapatos; estaban cubiertos de un limo verde, igual que sus libros, reblandecidos,resistiéndose a que se les leyera. En un plato, quedaban cubos de hielo agonizantes; los colocó sobre su pescuezo, y apretó duro, hasta que le volvió la tos. Cerca de las ventanas, las plantas jaspeadas volvían a hincharse, sus brazos abiertos picoteados de rojo. Con ellas, renacían el sol y el lento pulular: diástole paralítica de la Avenida Central, línea de la vida divergente, disparada por lahojas frágiles sobre los kioskos de Santa Ana, ahogada en un raspado de limón, manos en las dos orillas de la Zona del Canal, estirando los nervios hasta no alcanzarse. Los murmullos tornaban a la cabeza de Muriel
con el cuentagotas del sudor.
En ese momento, sintió Muriel la comezón en la rabadilla. Rascarla, la acrecentaba. Era algo más... una bola que parecía cobrar autonomía del resto delcuerpo. Una sed de magia, o de medicina, le hizo saltar de la cama, ¡quién sabe qué gárgolas tropicales podrían invadirlo todo, fabricadas de carne, pero, como las otras, pétreas en su espíritu y su risa permanente! Era el día, el día que en una mueca alegre reservaba la tiniebla y la cancelación. Habría que esperar la noche para reconquistar los testimonios, para sentir la luz y derramarla con ritmo.En la noche estaba la permanencia: la cumbia fijaba, el tamborito, copa de latidos vertiente, el eco incesante de los vasos, eliminaban el tránsito sin fin que en silencio corría durante el sol. En la noche, había tiempo entre los adioses.
¡Maldita humedad! Los dedos le resbalaban sobre la hinchazón, no era posible apresarla y rascarla. Y crecía, crecía hasta estallar, medallón de poroslíquidos. Muriel se desnudó completamente, y con la nuca torcida, fue a reflejarse de espaldas al cristal. Ya no era posible rascar sin ultrajes, y al segundo, sin quebrar: los pétalos de amarillo y violeta, el metal informe del polen, el tallo bulboso: había nacido una orquídea, perfecta, de abandonada simetría lánguida en su indiferencia al terreno de germinación.
Orquídeas en la rabadilla. Sentía queel paisaje lo mamaba con dientes de alfiler, hundiendo las raíces del suelo en su piel, amasando su cerebro contra la roca hasta hacer de sus ojos un risco ciego.
Pero había problemas prácticos a los cuales atender. ¿Cómo ponerse los pantalones? ¿La flor, convertida en pasta? Del tallo de la orquídea al centro de sus nervios corría un dictado que soldaba la vida de la flor a la suya propia....
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