Todo o nada...

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  • Publicado : 23 de mayo de 2011
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Todo o nada...

Todo o nada de Elizabeth Adler:
La joven abogada y profesora de derecho Marla Cwitwitz ama su trabajo, pero ansía hacer algo más excitante. Cuando ella y su íntimo amigo, el investigador privado Al Giraud, tropiezan con el caso más importante de su carrera, se entusiasma ante la oportunidad de iniciarse como detective. Según las noticias periodísticas, la agente inmobiliariaLaurie Martin ha desaparecido y posiblemente esté muerta. Días antes, Marla y Al la vieron cenar con un hombre muy atractivo, que resulta ser Steve Mallard, casado y padre de familia, y principal sospechoso de la desaparición de Laurie. Marla intuye que hay algo extraño en la historia, y la intuición nunca le ha fallado. A pesar de que Al desea que se mantenga al margen, ya que teme por suseguridad, Marla decide tomar el asunto en sus manos. En poco tiempo, Marla y Al se encontrarán siguiendo la pista de un frío y cínico crimintal a través de los Estados Unidos, mientras se esfuerzan en probar la inocencia de Mallard. Marla ha encontrado, finalmente, la excitación que buscaba. Con ella, ha sido siempre todo o nada.

Al Giraud, Investigador Privado, estaba sentado en la cafetería delRitz-Carlton, Laguna Niguel, comiendo rosquillas y bebiendo una cerveza negra, mientras reflexionaba sobre la vida y sobre la imposibilidad de fumar un cigarrillo mientras esperaba a la mujer de su vida, siempre impuntual.
Llevaba nueve meses sin fumar. «Tiempo suficiente para dar a luz una cajetilla de Camel», pensó, mientras masticaba otra rosquilla con resignación. Así era Marla. ¿Cómo habíallegado a permitir que esa mujer tuviera tanta influencia sobre su vida? Echó un vistazo a sus viejos y descoloridos tejanos, a la camisa a cuadros de mangas cortas, las botas raídas y el vetusto cinturón de piel de serpiente, cuya hebilla de plata representaba un potro rampante, comprada décadas atrás en su ciudad natal de Nueva Orleans. Luego sonrió de oreja a oreja: al menos ella no había logradocambiarle el estilo.
Al se había metido a investigador privado por el camino más difícil. El más fácil habría sido meterse a delincuente.
Su madre lo había criado en una de las zonas más pobres de la ciudad, junto con otros cinco hijos varones. De algún modo ella había logrado que ninguno se metiera en problemas, aunque más tarde él se preguntaría cómo lo habría hecho. Habría sido fácil dejarsellevar hacia el estilo de vida del delito. «La vida fácil», decían sus amigos, tentadoramente. Él tuvo algunos roces con la policía, pero no pasó de ahí; completó la secundaria e inmediatamente buscó empleo para colaborar con las finanzas familiares. Por entonces mataron a uno de sus hermanos, disparando al azar desde un coche que pasaba. El dolor y la ira de Al fueron tales que quiso salir a matar aquien había hecho eso; su deseo de venganza era tal que sentía un dolor en el pecho. Su madre lo disuadió. «Dos males no hacen un bien, hijo, le había dicho entre lágrimas. Es mejor que salgas a hacer algo bueno.»
Al sólo imaginaba dos maneras de hacer el bien: meterse a sacerdote o a policía. Definitivamente, estaba mejor dotado para el papel de policía: conocía la calle y era atlético yambicioso; tenía el genio vivo y buenos reflejos. Ascendió hasta llegar a detective de homicidios, se casó y se divorció.
Llegó el día en que la vida de policía lo hartó: los horarios, los rigores, el hecho de ver constantemente el lado miserable de la existencia, con sus tragedias y sus traumas. Optó por el retiro anticipado, metió sus magras pertenencias en una pequeña mochila, se despidió de suamada madre con un beso y, después de una ruidosa fiesta de despedida para sus tres hermanos sobrevivientes y sus respectivas esposas, partió hacia Los Angeles, «la tierra de la oportunidad».
Había instalado su oficina en un primer piso de Sunset, con su nombre y las palabras «Investigador Privado» en letras de oro; abajo, en cuerpo más pequeño, «discreción y confidencialidad». Por el balcón...
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