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Resumen El Zarco
Ignacio M. Altamirano 
V
EL ZARCO
             A la sazón que esto pasaba en Yautepec, a un costado de la hacienda de Atlihuayan, y por un camino pedregoso y empinado que bajaba de las montañas, y que se veía flanqueado por altas malezas y coposos árboles, descendía poco a poco y cantando, con voz aguda y alegre, un gallardo jinete montado en brioso alazán que parecíaimpacientarse, marchando tortuosamente en aquel sendero en que resonaban echando chispas sus herraduras.
   El jinete lo contenía a cada paso, y en la actitud más tranquila, parecía abandonarse a una deliciosa meditación, cruzando una pierna sobre la cabeza de la silla, como las mujeres, mientras que entonaba, repitiéndola distraído, una copla de una canción extraña, compuesta por bandidos y muyconocida entonces en aquellos lugares:
 
             Mucho me gusta la plata,
       Pero más me gusta el lustre,
      Por eso cargo mi reata
      Pa’la mujer que me guste.
 
  Por fin, al dar vuelta un recodo del camino, los árboles fueron siendo más raros, las malezas más pequeñas, el sendero se ensanchaba y era menos áspero, parecía que la colina ondulaba suavemente y todo anunciaba laproximidad de la llanura. Luego que el jinete observó este aspecto menos salvaje que el que había dejado atrás de él, se detuvo un instante, alargó la pierna que traía cruzada, se estiró perezosamente, se afirmó en los estribos, examinó con rapidez las dos pistolas que traía en la cintura y el mosquete que colgaba en la funda de su silla, al lado derecho y atrás, como se usaba entonces; después de locual desenredó cuidadosamente la banda roja de lana que abrigaba su cuello, y volvió a ponérsela, pero cubriéndose con ella el rostro hasta cerca de los ojos. Después se desvió un poco del camino y se dirigió a una pequeña explanada que allí había, y se puso a examinar el paisaje.
   Apenas acababa de entrar en el andando al paso, cuando vio pasar a poca distancia, y caminando en direcciónopuesta, a otro jinete que también iba al paso, montando un magnífico caballo oscuro.
   -¡Es el herrero de Atlihuayan! –dijo en voz baja, inclinando la ancha faja de su sombrero para no ser visto, aunque la bufanda le lana le cubría el semblante hasta los ojos.
   Después murmuró, volviendo ligeramente la cabeza para ver al jinete, que se alejaba con lentitud:
   -¡Que buenos caballos tiene esteindio!... Pero no se deja… ¡Ya veremos! –añadió con acento amenazador.
   Y continuó marchando hasta llegar cerca de la población de Yautepec. Allí dejo el camino real y tomó una veredita que conducía a la caja del río que atraviesa la población, después de encajarse entre dos bordes altos y llenos de maleza, de cactos y de árboles silvestres, desemboca en un terreno llano y arenoso, antes de correrentre las dos hileras de extensas y espesísimas huertas que lo flanquean en la población. Allí la luna daba de lleno sobre el campo, rielando en las aguas cristalinas del río, y a su luz pudo verse perfectamente al jinete misterioso que había bajado de la montaña.
   El plateado se retiró, después de éste rápido examen, a un recodo que hacía el cauce del río junto a un borde lleno de árboles, yallí, perfectamente oculto en la sombra, y en la playa seca y arenosa, echó pie a tierra, desató la reata, quitó el freno a su caballo, y teniéndolo del lazo, lo dejo ir a poca distancia a beber agua. Luego que la necesidad del animal estuvo satisfecha, lo enfrenó de nuevo y montó con agilidad sobre él, atravesó el río y se internó en uno de los callejones estrechos y sombríos que desembocan en laribera y que estaban formados por las cercas de árboles de las huertas.
   Anduvo al paso y como recatándose por unos minutos, hasta llegar junto a las cercas de piedra de una huerta extensa y magnífica. Allí se detuvo al pie de un zapote colosal cuyos ramajes frondosos cubrían como una bóveda toda la anchura del callejón, y procurando penetrar con la vista en la sombra densísima que cubría el...
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