Travesuras de la niña mala

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V. El niño sin voz

Hasta que Simón y Elena Gravoski vinieron a vivir al edificio art déco de la rué Joseph Granier, pese a todos los años que llevaba allí no hice amigos entre mis vecinos. Creí que había llegado a serlo de monsieur Dourtois, funcionario de la SNCF, los ferrocarriles franceses, casado con una mujer de cabellos amarillentos y gesto adusto, maestra de escuelajubilada. Vivía frente a mí y, en el rellano, la escalera o el vestíbulo de la entrada cambiábamos venias o buenos días y al cabo de los años llegamos a darnos la mano e intercambiar comentarios sobre el tiempo, perenne preocupación de los franceses. Por esas fugaces conversaciones llegué a pensar que éramos amigos, pero descubrí que no una noche en que, al regresar a mi casa luego de un concierto deVictoria de los Angeles en el Théátre des Champs-Ély-sées, advertí que había olvidado la llave en el departamento. A esa hora, no había cerrajero que pudiera auxiliarme. Me instalé lo mejor que pude en el rellano y esperé las cinco de la mañana, hora en que mi puntualísimo vecino salía rumbo a su trabajo. Supuse que al descubrirme allí, me haría pasar a su casa hasta que fuera de día. Pero cuando,a las cinco, monsieur Dourtois apareció y le expliqué por qué estaba allí con los huesos molidos por la trasnochada, se limitó a compadecerse de mí, mirando su reloj y advirtiéndome:
—Va a tener que esperar unas tres o cuatro horas todavía, hasta que abra una cerrajería, mon pauvre ami.
Tranquilizada así su conciencia, se marchó. A los otros vecinos del edificio los cruzaba a vecesen la escalera y olvidaba sus caras de inmediato y sus nombres se me eclipsaban apenas los conocía. Pero, cuando la pareja Gravoski, y Yilal, su hijo adoptado de nueve años, se vinieron al edificio porque los Dourtois habían partido a instalarse en la Dordogne, fue otra cosa. Simón, un físico belga, trabajaba como investigador en el Instituto Pasteur, y Elena, venezolana, era médico pediatra en elHospital Cochin. Eran joviales, simpáticos, campechanos, curiosos, cultos, y, desde el día en que los conocí, en plena mudanza, y me ofrecí a echarles una mano y darles informaciones sobre el barrio, nos hicimos amigos. Tomábamos café después de la cena, nos prestábamos libros y revistas, y alguna vez íbamos al cine La Pagode, que estaba cerca, o llevábamos a Yilal al circo, al Louvre y a otrosmuseos de París.
Simón raspaba la cuarentena, aunque la poblada barba rojiza y la barriguita prominente lo hacían parecer algo mayor. Andaba vestido de cualquier manera y con un sacón de bolsillos hinchados de libretas y papeles, y un maletón lleno de libros. Calzaba unos anteojos de miope que con frecuencia limpiaba en su arrugada corbata. Era la encarnación del sabio descuidado ydistraído. Elena, en cambio, algo más joven, era coqueta y atildada y no recuerdo haberla visto nunca de mal humor. Todo la entusiasmaba en la vida: su trabajo en el Hospital Cochin y sus pueriles pacientes, de los que contaba anécdotas divertidas, pero también el artículo que acababa de leer en Le Monde o en L'Express, y se preparaba para ir al cine o a cenar en un restaurante vietnamita el próximo sábadocomo para asistir a la entrega de los Osear. Era bajita, menuda, expresiva y rezumaba simpatía por todos los poros de su cuerpo. Entre ellos hablaban en francés, pero conmigo lo hacían en español, que Simón dominaba a la perfección.
Yilal había nacido en Vietnam y eso era lo único que sabían de él. Lo habían adoptado cuando el niño tenía cuatro o cinco años —ni siquiera sobre su edad teníancerteza absoluta— a través de Caritas, después de una tramitación kafkiana sobre la cual Simón, en risueños soliloquios, fundaba su teoría de la inevitable desintegración de la humanidad debido a la gangrena burocrática. Le habían puesto Yilal por un ancestro polaco de Simón, un personaje mítico que, según mi vecino, fue decapitado en la Rusia pre-revolucionaria por haber sido sorprendido en...
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