Un rincón en el cielo

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  • Publicado : 20 de septiembre de 2010
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UN RINCÓN EN EL CIELO
Una amiga andaluza me escribe para plantearme un problema que a ella le angustia y que a mí –aunque en grado algo menor que a ella- me conmueve y preocupa: la barbarie con la que los españoles tratamos a los animales, esas brutales fiestas de ciertos pueblos en las que los mozos parecen gozar tanto más cuanto más hacen sufrir a un pobre torete, a un burro o que estallan degozo cuando matan a palos o cuchilladas a un gallo. Sin olvidarnos de nuestra “fiesta nacional”.

Pero Lo que especialmente angustia a esta amiga mía es la “postura indiferente y a veces hasta identificada con esta crueldad de la Iglesia Católica y muchos de sus representantes”. “¿Por qué –me pregunta- siempre que se habla de este tema relacionado con la Iglesia Católica hay que echar mano deldulce san Martín de Porres o de san Francisco de Asís? ¿O es que a pesar del extensísimo santoral que tiene la Iglesia realmente no han existido más santos amantes de los animales? La cosa se me hace más preocupante al comprobar cómo otras religiones, como el jainismo o el budismo, llevan con el máximo rigor lo de extender el amor y el respeto a la vida de todos los seres vivientes. ¿No sería máslógico que los cristianos, sin dejar de dar prioridad a la salvación y el destino del hombre, nos preocupemos un poco más de evitar el sufrimiento de tantos seres inocentes que tienen como desgracia más grande la de haber caído bajo el dominio del hombre? Pero, desgraciadamente, yo no recuerdo haber oído jamás, durante la práctica de mis creencias religiosas, ninguna clase de sermón en el que senos exhorta a respetar y amar más a los animales, sino que, por el contrario, he observado con bastante frecuencia a sacerdotes y monjas que parecen sentirse de acuerdo con ese tipo de crueldades. ¿Por qué han de ser hombres pertenecientes a otras religiones – tales como Gandhi o el doctor Schweitzer – quienes nos hayan dado un claro y magnífico ejemplo de amor y confraternización entre todos losseres creados por Dios?”

Lo que mi amiga plantea está, ciertamente, muy lejos de ser el problema central de la crueldad de un mundo en el que, mientras yo transcribía las líneas anteriores, han muerto de hambre varios miles de seres humanos. Desde luego, a mí siempre me dolerán más los niños hambrientos de Etiopía que una gallina acuchillada en San Julián de Abajo. Pero también me preguntopor qué han de contraponerse esos dos amores y si no habría que tener corazón y ojos para sufrir a la vez por las dos barbaridades. Me pregunto, incluso, si ambas no estarán relacionadas entre sí y si, en un mundo en el que los hombres nos quisiéramos, no sería más respetada la vida animal. Y viceversa.

No estoy hablando aquí, como es lógico, de esas neurosis de la sensiblería como la que aveces nos transmiten las noticias de una señora que ha dejado a su loro como heredero universal de sus millones, o como ese loco cariño de ciertas damas americanas para las que su perrito es el único amor de sus vidas y de sus bolsillos. Hay, lo sé, personas que aman a los animales porque han sufrido una decepción amando a los hombres y encuentran más cómodo volcarse en quienes parecen ser, al menos,más agradecidos que los humanos. No hablo, pues, de esas desviaciones del amor. Pero me pregunto si el hombre no podría tener suficiente corazón para que en él cupiera todo ser vivo, todas las formas de imágenes de Dios – más o menos completas – como él nos dejó sobre la tierra. Me pregunto si no tendrá razón Gautier cuando dice que “una de las glorias de la civilización sería el haber mejorado lasuerte de los animales”.

Y efectivamente, aquí tendrían mucho que hacer el cristianismo y la teología. Porque yo también me avergüenzo al reconocer que en los países orientales he descubierto un amor mucho más alto que el nuestro a todo ser viviente.

Lo extraño es que tanto la Biblia como la tradición cristiana darían buen material para este amor universal. A mí me conmueve el amor al...
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