Una ciudad ideal

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Biblioteca virtual Julio Verne
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Una ciudad ideal
© Traducido por Christian Sánchez
Cortesía de www.jverne.net
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Género: Discurso
Año de publicación: 1875
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Señoras y señores:

Tengan la bondad de permitirme faltar a todos los deberes de un director de la Academia de Amiens que preside una sesión general, al reemplazar el discurso habitual por el relato de unaaventura de la que fui protagonista. Me disculpo por adelantado, no solamente ante mis colegas, cuya benevolencia jamás me ha faltado, sino también ante ustedes, señoras y señores, cuya expectativa va a verse frustrada.
Asistí, a principios del mes pasado, a la entrega de premios del Liceo. Allí, sin abandonar mi butaca, guiado por el profesor Cartault, luego devenido en colega nuestro, he dado unpaseo por el viejo Amiens, tan maravillosamente poetizado por el hábil lápiz de Duthoit. De esta excursión a través de la pequeña Venecia industrial que los once brazos del Somme forman en el norte de la ciudad, no me habían quedado más que bellos recuerdos.
Volví a mi casa, en el bulevar Longueville, cené, me acosté, me dormí.
Hasta aquí, nada más natural, y es probable que ese día todaslas personas virtuosas se hayan conducido de esta manera, que es la correcta.
Tengo la costumbre de levantarme temprano. Ahora bien, por una circunstancia que no podría explicar, me desperté al día siguiente muy tarde. La aurora había sido más madrugadora que yo. ¡Debí haber dormido al menos quince horas! ¿A qué se debía esta prolongación del sueño? ¡No había ingerido ningún somnífero alacostarme! ¡No había cerrado los ojos leyendo un discurso oficial...!
Sea como sea, el sol ya había pasado el meridiano cuando me levanté. Abrí la ventana. Hacía buen tiempo. ¡Creía que era miércoles...! Era domingo, evidentemente, porque la multitud de paseantes atestaba las calles. Me vestí, comí en un santiamén y salí.
Durante esa jornada, señoras y señores, debía yo «marchar de sorpresa ensorpresa», para recordar uno de los raros juegos de palabras que ha pronunciado Napoleón I.
Ustedes juzgarán.
Apenas hube puesto el pie en la acera, fui asaltado por una nube de pilluelos que gritaban: «¡El programa del concurso! ¡Quince centavos! ¿Quién quiere el programa?»
–Yo –dije, sin reflexionar mucho en lo que este gasto podía tener de imprudente.
Es que la víspera, enefecto, había pagado precisamente en la caja del recaudador de impuestos el importe de mis cotizaciones personal y mobiliaria. Y, en verdad, estoy, como tantos otros, tan singularmente cotizado mobiliaria y personalmente que el precio del programa amenazaba consumar mi ruina.
–¿De qué concurso se trata? –pregunté a uno de los niños que me rodeaban.
–¡Del concurso regional, mi príncipe!–respondió uno de ellos–. ¡Hoy es la clausura!
Dicho esto toda la banda se esfumó.
Me quedé solo con mi principado de ocasión, que me había costado apenas tres monedas.
¿Pero qué era entonces ese concurso regional? Si no me engañaban los recuerdos, ¡debía haber cerrado hacía dos meses! Era evidente que el muy pillo me había timado vendiéndome un programa viejo.
Sea como sea, lo tomé confilosofía y continué mi camino.
Llegado que hube a la esquina de la calle Lemerchier, ¡cuál fue mi asombro cuando vi que esta calle se extendía más allá de donde alcanzaba la vista! Divisaba ahora una larga serie de casas, las últimas de las cuales desaparecían tras la prominencia de la costa. ¿Me encontraba, pues, en Roma, a la entrada del Corso? ¿Iba a dar este Corso a los nuevos bulevares?¿Había brotado allí un barrio, como un criptógamo, con sus mansiones y sus iglesias, y esto en el transcurso de una sola noche?
Así debía ser, porque vi ómnibus, ¡sí, ómnibus! –línea F. de Notre Dame aux Réservoirs– ¡que remontaban la calle con sus cargas de viajeros!
«¡Pardiez –me dije–, voy a preguntarle al encargado de la concesión qué significa todo esto!»
Me dirigí al puente que...
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