Una curación maravillosa

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ESTA LEYENDA ES UNA MEZCLA DE REALIDAD Y FICCIÓN Y SE TITULA

UNA CURACIÓN MARAVILLOSA

Soy conocido como Bastián. Estoy casado y tengo un hijo de once años. Desde hace bastante tiempo venimos trabajando mi mujer y yo para los monjes cisterciences en el Monasterio de La Espina, que está situado en el valle del río Bajoz, en los Montes Torozos, que están en el municipio de Castromonte,provincia de Valladolid. Todavía recuerdo el día en que la reina Doña Sancha de Castilla donó para que fuera venerado en el monasterio un trozo de la corona de espinas que llevó Cristo. Mi padre, que era el herrero, me levantó y me puso sobre sus hombros para que pudiera contemplar la procesión. Cuando murió mi padre, el abad me permitió que siguiera como herrero. También fue él quien bendijo mimatrimonio con Ana, y cuando nació mi hijo le bautizó como Manuel. ¡Qué años más felices pasamos trabajando para los monjes y viendo crecer a nuestro hijo!
Hasta que llegó el invierno de 1177. Fue uno de los inviernos más crudos que yo había conocido. El viento que venía del norte se colaba por todas las rendijas, haciendo que a pesar de que en el hogar siempre había una buena lumbre y la gloriaestaba atacada de paja, la sensación de frío y humedad era como si estuviera uno a la intemperie. El campo estaba helado hasta una profundidad que nunca habíamos conocido; se habían roto casi todos los arados y aunque llevada cuatro días trabajando sin parar, aún me quedaban cuatro o cinco por reparar.
Una tarde, Manuel, que había estado jugando extramuros del Monasterio, volvió a casa tiritando defrío. Se acercó a la fragua y cuando le dí un beso, noté que la frente le ardía. Le dije: –Anda, Manuel, hijo, dile a tu madre que te dé de cenar y luego te vienes a acostar aquí, al lado de la fragua.
–Sí, padre– me contestó y se fue corriendo. Al poco rato, su madre vino muy asustada: –¿Has visto cómo ha venido el niño? Cuando se ha tomado la sopa no paraba de toser y de quejarse de lagarganta. ¿Qué podemos hacer?
–Mujer, prepara un jergón aquí al lado de la fragua. Yo voy a poner unas piedras a calentar para que se las pongamos en los costados y después me acercaré al refectorio para ver si el Abad o el hermano boticario me dan alguna tisana para el niño. No te preocupes, que verás cómo Dios no deja que le pase nada a nuestro hijo…
Y así lo hice. Me puse la pelliza y el gorro ycruce todo el patio hasta llegar al claustro y a la botica. Como no encontré allí al hermano boticario me fui directo al refectorio. Y por derecho hasta la cabecera de la mesa, donde estaban el el abad y el hermano boticario hablando con otros tres monjes a los que no conocía. Me quedé mirando, dando vueltas al gorro entre mis manos, sin atreverme a dirigirme al abad. Hasta que uno de aquellosmonjes a los que no conocía se me quedó mirando fíjamente y dijo: –¿Quieres algo, hijo?–. El abad levantó la vista y me miró muy sorprendido.
–¿Qué sucede, Bastián? –y dirigiéndose a los tres monjes– Es nuestro herrero. No lo hay mejor manejando el martillo de herrar y las tenazas, pero no sólo para las caballerías; es un maestro usando el pujavante y los clavos para herrar las vacas. ¿Te pasaalgo, que vienes tan demudado?
–No es a mí ni a mujer… Es Manuel, que está muy malo. Le arde la cara, no para de toser y casi no puede tragar… He venido a ver si el hermano boticario me puede dar alguna tisana o algo que le cure o que al menos le mejore…
–¿Me permitís, mi señor abad? –preguntó otro de los monjes que estaban con él– os recuerdo que venimos de Centroeuropa y allí seencomiendan a San Blas pidiéndole ayuda e intercesión, ya que como sabéis era médico y realizó curaciones maravillosas, incluso a quienes le tenían preso… Bastián, ¿tú y tu familia tenéis fe?
–Sí, monseñor. Ana, mi mujer, se ha quedado rezando para que nuestro hijo se salve…
–Bien. Con el permiso del señor abad preparad una mecha y una jofaina con aceite, y vamos a la casa de este...
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