Unica mirando al mar

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ÚNICA MIRANDO AL MAR
Fernando Contreras Castro (costarricense)

Para mis abuelos:
Rafael Castro Piepper y
Amparo Villegas de Castro
Por tanto cariño y tantas anécdotas

...Celso Coropa recogió en la
palma de su mano un rayo
de sol y suspiro:
-¡Hay veces que no me
gusta la vida!...
Frente a el, había como una
Tortura de raíces y bejucos.
-...Y hay veces quesi-Aña-
dio.
Entre la tortura de raíces y
Bejucos habían una flor.

Carlos Salazar Herrera.
La Montaña.
Cuentos de Angustias y Paisajes.

I
M

as por la vieja costumbre que por cualquier principio ordenador del mundo, el sol comenzó a salir agarrado del filo de la colina, como en un último esfuerzo de montañista pendiendo sobre el abismo de la noche anterior ESP. FISICO
El bostezoimperceptible de las moscas y el estirón de alas de la flota de zopilotes, no significaron novedad alguna para los buzos de la madrugada. Entre la llovizna persistente y los vapores de aquel mar sin devenir, los últimos camiones, ahora vacíos, se alejaban para comenzar otro día de recolección. Los buzos habían extraído varios cargamentos importantes de las profundidades de su mar muerto y antes de quelos del turno del día llegaran a sumar sus brazadas, se apuraban a seleccionar sus presas para la venta en las distintas recicladoras de latas, botellas y papel, o en las fundidoras de metales mas pesados.
Los buzos diurnos comenzaban a desperezarse, a abrir la puertas de sus tugurios edificados en los precarios de las playas reventadas del mar de los peces de aluminio reciclable. Los quevivían mas lejos, se preparaban para subir la cuesta de arcilla fosilizada que contenía desde hacia ya veinte años el paradero de la mala conciencia de la ciudad.

Segunda página

Como fue al principio, y no pararía hasta el apocalíptico instante de su cierre, a eso de las seis de la mañana los lepidópteros gigantes esperaban a sus operarios para comenzar a amontonar las ochocientas toneladas debasura que la ciudad desecha diariamente; como fue al principio, los operarios de los tractores se calentaban primero con un café con leche que servían de una botella de Coca-Cola envuelta en una bolsa de cartón. Después, a bordo de sus maquinas, emprendían la subida.
Salvo el descanso del almuerzo y el del café de la tarde, todo el día removían y amontonaban basura, como una marea artificial,de oeste a este, de adelante hacia atrás con la vista fija en las palas, mientras las poderosas orugas vencían los espolones de plástico de las nuevas cargas que depositaban los camiones recolectores; de adelante hacia atrás, todo el día, como herederos del castigo de Sísifo sin haber ofendido a los dioses con ninguna astucia particular.
A las ocho de la mañana el sol ya alumbraba precariamentela podredumbre de algún octubre ahogado entre los nueve meses de lluvia anuales de la Suiza Centroamericana.
El Bacán, con sus cuatro o cinco años, esperaba sentado sobre los restos mortales de una cocina, encallados ahí desde hacia tanto tiempo que ya era casi inimaginable el basurero de Río Azul sin ellos. No muy lejos, los buzos trabajaban con el único horario posible en ese lugar: el flujo yreflujo de los camiones recolectores.
Mujeres de edades indescifrables a menudo, hombres y niños sin edad alguna rumiaban lo que la cuidad había dado ya por inservible, en busca de lo que azar también hubiera tirado al basurero.
El Bacán esperaba aperezado en su cocina usual vigilando de cuando en cuando a una de las mujeres, tratando de distinguirla entre las demás compañeras de buceo; cadavez que se percataba, espantaba las moscas de su cara y sus brazos, mientras jugaba con un juguete hallado ahí mismo no hacia mucho tiempo, su juguete nuevo.
Algo brillo un instante entre lo negro de la basura e hizo que el niño dejara su lugar privilegiado y se internara un poco entre los desechos. El niño perdió de vista el resplandor, por lo que tuvo que devolverse caminando hacia...
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