Venus de ille(completo)

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  • Publicado : 17 de noviembre de 2010
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Entramos en una habitación bien amueblada, donde lo primero que atrajo mi mirada fue un gran lecho, de siete pies de largo, por seis de ancho, y tan alto que era necesario un banco para subir a él. Habiéndome indicado mi huésped la posición de la campanilla, y tras de comprobar por sí mismo que la dulcera estaba llena, los frascos de agua de Colonia debidamente colocados sobre el tocador,después de preguntar aun reiteradas veces si necesitaba algo, me deseó que pasara una buena noche y me dejó solo.
Las ventanas estaban cerradas. Antes de acostarme, abrí una para respirar el aire fresco de la noche, por cierto delicioso después de una copiosa cena. Enfrente se veía el Canigó, de admirable aspecto en todo momento, pero que aquella noche me pareció la montaña más hermosa del mundo,iluminada como lo estaba por una esplendorosa luna. Permanecí algunos minutos contemplando su imponente aspecto, y ya iba a cerrar mi ventana, cuando, bajando los ojos, vi la estatua sobre un pedestal, a unas veinte toesas de la casa. Estaba colocada en el ángulo formado por un seto vivo, el cual separaba un pequeño jardín de un vasto cuadrado liso; éste, como lo supe más tarde, era el juego depelota de la ciudad. Aquel terreno, propiedad del señor De Peyrehorade, lo había cedido a la comuna, ante el pedido insistente de su hijo.
A la distancia en que me encontraba, no me era fácil distinguir la actitud de la estatua, por lo que no pude apreciar más que su altura, que me pareció de unos seis pies. En ese momento, dos pillastres de la ciudad cruzaron por el juego de pelota, bastante cercadel seto, silbando la bonita melodía del Rosellón: Montañas regaladas. Se detuvieron para mirar la estatua y uno de ellos llegó a apostrofarla en voz alta. Habló en catalán, pero como yo hacía bastante tiempo que estaba en el Rosellón pude comprender casi todo lo que dijo.
-¡Ahí estás, pues, bribona! (La palabra catalana era más enérgica). ¡Ahí estás! -dijo-. ¡De modo que has sido tú quien leha roto la pierna a Juan Coll! Si fueras mía, ya te habría retorcido el pescuezo.
-¡Bah! ¿Con qué lo harías? -dijo el otro-. Es de cobre, y tan dura que Esteban ha roto en ella su lima al tratar de estropearla. Está hecha con el bronce de la época de los paganos; es más duro que no sé qué.
-Si tuviera mi cortafrío (debía ser aprendiz de cerrajero el que hablaba), muy pronto le haría saltar susgrandes ojos blancos, de igual manera que sacaría una almendra de su cáscara. Hay en ellos más de cien sueldos de plata.
Se alejaron algunos pasos.
-Es necesario que le dé las buenas noches al ídolo -dijo el más alto de los aprendices, deteniéndose de pronto.
Se agachó y probablemente tomó una piedra. Lo vi estirar el brazo, arrojar algo, y en seguida un golpe sonoro resonó en el bronce. Enese mismo instante, el aprendiz se llevó la mano a la cabeza, dando un grito de dolor.
-¡Me la ha devuelto! -exclamó.
Y mis dos pillastres emprendieron la fuga a todo correr. Era evidente que la piedra había dado en el metal, y al rebotar había castigado al pícaro por el ultraje hecho a la diosa.
Cerré la ventana, riéndome con ganas.
«Un vándalo más castigado por Venus -me dije-. ¡Ojaláque todos los destructores de nuestros antiguos monumentos fueran golpeados de la misma manera.»
Con este caritativo deseo me acosté y pronto me quedé dormido.
Ya era día claro cuando me desperté. Junto a mi lecho estaban, a un lado, el señor De Peyrehorade, de bata; al otro, un criado enviado por su esposa, con una taza de chocolate en la mano.
-¡Vamos, arriba, parisiense! ¡Aquí están misperezosos de la capital! -dijo mi huésped, mientras yo me vestía a la disparada-. ¡Son las ocho y todavía en la cama! Yo estoy levantado desde las seis. Ya he subido aquí tres veces; me he acercado a su puerta en puntas de pie y nada, no oí la menor señal de vida. Le hará mal dormir tanto tiempo a su edad. Y a mi Venus todavía no la ha visto... Vamos, tómese de una vez esa taza de chocolate de...
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