Viajes ilegales

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  • Publicado : 8 de septiembre de 2010
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Era el nueve de enero y, mientras el sol caribeño escondía sus últimos hilos anaranjados, nuestro auto, en dirección Este, recién emprendió el trayecto de Santo Domingo a La Romana.  Leo, el capitán del viaje, manejaba en silencio y fumaba un cigarrillo mientras los otros ocupantes del carro hablábamos del mar. 
Preguntas y respuestas estaban a flor de labio. ¿De dónde eres tú? ¿Por qué te vasen yola? ¿Has intentado el viaje antes? ¿Cuántas horas se toma la travesía? ¿Se moja uno mucho? ¿Crees que se puede confiar en estos bregadores? Eran algunas de las tantas preguntas que cualquier viajero hacia o debía contestar. Cada cual se complacía en preguntar y en dar detalles de sus temores y esperanzas y de la situación que lo impulsaba a hacer el viaje.  Las últimas tragedias de que dabancuenta los periódicos eran desconocidas por muchos. Los viajes en yola a Puerto Rico comenzaron a multiplicarse a principios de los ochenta. Azotados por los vientos huracanados de la desesperanza y la miseria, gran parte de la población buscaba salir del país por todos los medios como desesperados que intentan abandonar un gran barco que se incendia. A menudo eran apresados en el intento y otrasveces morían masivamente en los constantes naufragios de yolas.
Sus palabras y las de otros lograron que Juan y yo tuviéramos una idea realista de lo que podría esperarnos. No estábamos preparados para hacer un viaje difícil; ni siquiera  cargábamos comida. Los demás viajantes, en cambio, transportaban ropa y alimentos. Algunos hasta disponían de agua.
Leo tenía el rostro triste y cansado. Le diotono de discurso a sus palabras:
 
          --Tenemos un grave inconveniente --inició, a modo lento y con voz desconsolada--, el chofer que nos ha estado trayendo las yolas a la playa no apareció. Desde ayer, se estaba rumorando que se gestionaba este viaje. Nosotros, por buen tiempo hemos estados negociando con el chofer de un camión que anoche nos trajo una yola y hoy debía traernos la otra.Pero esta mañana, nos informó que el dueño del camión se enteró del asunto y que alegando que temía que su vehículo le fuese incautado, le prohibió cargar embarcaciones para viajes ilegales.  De todas formas, nos aseguró que iba a cumplir con el compromiso de traernos la segunda yola a la playa. Pero el hombre no apareció conseguir otro chofer que disponga de un camión grande y que quieratraernos la yola es cosa que requiere de tiempo.
La noticia trajo gran consternación
--¡Vámonos ahora mismo de aquí! ¡Que todo el mundo se suba al vehículo en que vino! Tenemos una yola esperando; lleguemos a la playa. Los que tengan más prisa en irse que se vayan y quienes pueden esperar que esperen.
Con gran prisa, subían combustible y provisiones mientras el viento del noroeste continuaba soplandoy las olas proseguían bambaleando la yola.
--¡Aquí no caben todos! Tan pronto yo llegue a Puerto Rico, volveré para llevarme a los que no se puedan ir hoy.   No se desesperen que en el transcurso de esta misma semana habrá otro viaje.  José y Frank se quedarán y  les darán las instrucciones.
 
       Tan pronto Leo habló, se oía a Frank  insistir:
 
     --¡Al que no se vaya, que subaenseguida a la camioneta o al minibús para regresar a La Romana!
 
     Muchos  ya se apresuraban y montaban en la yola para  no quedarse para otro supuesto viaje. En cambio, otros, lenta y vacilantemente, subían también. Los demás mirábamos cómo la frágil embarcación seguía siendo abordada.
A quince minutos de haber zarpado, el mar aumentaba su agitado vaivén. Debido a que abordamos de último, Juan yyo estábamos atrás. Nos colocamos cerca de uno de los tanques en que se llevaba el combustible y a la vez cerca de Leo, que maniobraba la embarcación. Pedro estaba en la proa al junto de otros hombres que, como el resto de los tripulantes, seguíamos tan apiñados como cuando veníamos en la camioneta. Casi setenta viajantes atestábamos la yola, algunos sentados sobre las tablas atravesadas que...
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