Violencia internacional

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BAJO EL PUENTE
Augusto Roa Bastos

POR QUÉ no come, le dijo taitá. Y el viejo: De noche no. Usted ya sabe, don
Chiquito. Si no hay luz sobre mi comida, no puedo comer. Taitá se rió fuerte:
Bajen el lampión y pónganle delante, dijo. El viejo miraba la oscuridad; casi
Sin mover los labios dijo: No. Tiene que ser luz del día, y si hay sol, mejor. De
No, la comida es de otro gusto. Taitá lomiró con la boca llena. Enojado.
Después le preguntó, burlón: Gusto a qué, si se puede saber, don. El viejo no
Contestó. No dijo nada más. Se levantó y se fue hasta que se emparejó con la
Oscuridad. Taitá volvió a masticar, rezongando: tiene la cabeza más dura que el
recado. Capaz que un día va a enladrillar el río para vadearlo sin mojarse los
Pies.
Taitá y el maestro nunca se entendieron.Con el maestro nos pasó que lo
empezamos a conocer cuando se desgració bajo el puente. Y ya para entonces
tenía más de sesenta años. Un poco encorvado el espinazo no más; pero sabía
ponerse derecho cuando quería. Mayormente en la fiesta de la Natividad, que
en Itacuruví empieza un día antes del 24 y se alarga, a remezones, hasta la
Epifanía. Muy guardador. Un hombre de orden, de trabajo.Flaquito.
Inacabado. El redoblante y alférez mayor de la cofradía de mariscadores.
Clavábamos la punta de los pies entre el gentío para verlo tocar. Despacito al
principio. Ciego o dormido en el susurro del cuero. El cabello negro y lacio,
pegado al cráneo con la goma del tártago. El pecho muy abombado en la figura
pequeña. Reventaba en un tronido el redoble mientras el malón salvaje robaba
alNiño-de-Cabellos-Rojos. Doscientos años después, jinetes de sudadas
camisetas de fútbol lo traían a salvo. Sólo entonces el redoble paraba. Los
mariscadores un rato de piedra sobre los caballos. Los brazos en alto.
Florecidos ramos de palma. Por debajo pasaba la imagen. Un cuajito de leche,
el pelo teñido de bermellón como el fleco del niño-azoté. La inmensa bola de
polvo y ruido flotaba sobre elpueblo, y se iba en una nube a llover en otra
parte, hasta el año que viene. Siempre igual.
En un lugar así la vejez es larga para cualquiera. No para el maestro. Con
menos que poco se conformaba. Dentro de él encontraría todo lo que le hacía
falta. Quién sabe. Por fuera, siempre ocupado; un hombre activo como
ninguno, de provecho, cumplidor. La escuela. Su chacra llena de plantíos demuchas clases. El cuidado de los pájaros y animales silvestres en su casa, a
media legua del pueblo, en la orilla del monte.
Al rayar el día ya estamos todos los alumnos en el patio, tiroteándonos con las
semillas de los nísperos; los más grandes pelando al descuido las polleritas
rotosas, para mirar debajo. "Guá, el maestro". Una vela negra entre el vaho del
roció. Detrás viene saltando el coatí.Lejísimo todavía, si hasta parece que no
se mueven, que van reculando. De un parpadeo a otro, se ha puesto a repicar el
trozo de riel. El ruido de los bancos se apaga antes que el fierro. Desde la
puerta nos está barajando hace rato; nos mira y no nos mira. Nosotros, duros;
cada uno con su estaca bien tragada. Sin saber dónde poner las manos y el
traste. Los ojos de santitos. Un ramalazo deescarcha quema de refilón una
mano, una pierna. Lo único que se mueve es la cola de humo del coatí, bajo la
mesa del maestro. El vergajo atado al puño, tiembla un poco todavía. Él mira.
No se oye más que su resuello; un anhelar más aire del que hace falta para uno
solo. ¿En qué momento ha sacado la libreta de tapas negras donde nos tiene
guardados? No precisa abrirla para saber quién estácazando pájaros en el
monte. 0 quiénes están temblando con el chucho y vaciándose en la diarrea,
hasta que les hace tomar a la fuerza sus remedios de yuyos. Ni la sombra de un
pelo se le escapa. Sabido.
Le miramos la cara para ver si hace buen tiempo. Entonces salimos a sacar la
paja podrida del techo, a trenzar tientos y bozales; a tejer sombreros y
guayacas, para el mercado. La escuela no...
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