Vivir en cabo de hornos

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  • Publicado : 13 de junio de 2011
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El viento de diciembre mató a la bandera chilena en el Cabo de Hornos. El último pabellón nacional flameando en continente americano se fue desintegrando de a poco. Las grandes ráfagas de viento que llegaron a los 250 km/h se encargaron de liquidarlo totalmente. O de deshilacharlo. Dos días le tomó al viento hacer su trabajo. Hasta que no quedó nada.

Miguel Apablaza, marino en el fin delmundo, es quien cuenta la historia. Había llegado recién junto a Katherine Rucal, su señora, y su hijo Matías a instalarse en el Faro Monumental Cabo de Hornos. Les quedaba por delante un año completo, el tiempo estipulado por la Armada para este tipo de destinaciones.

"Nunca vi nada como ese viento", cuenta Apablaza, cuyo título exacto es el de alcalde de mar del Cabo de Hornos. "Sabíamos quesería duro, pero otra cosa es vivir el clima en carne propia. Jamás imaginamos ver una bandera gigante desaparecer por el viento".

A estas alturas, Aplabaza sabe de lo que habla. Después de cinco meses viviendo en el faro, acumula experiencias en el mítico y temido Cabo de Hornos. A pesar del aislamiento o de que salir en un día cualquiera puede significar que los granizos le perforen la piel desu cara como agujas voladoras, Apablaza y su familia están felices.

Están solos. En el fin del planeta. Y eso les gusta.

TRES SON MULTITUD
Llegar hasta el Cabo de Hornos no es un juego de niños. Para hacerlo fuera de temporada -como en esta crónica- se necesita volar de Punta Arenas a Puerto Williams. Desde ahí, son cinco horas navegando en una lancha de la Armada: primero por el canalBeagle para luego cruzar el archipiélago de islas Wollaston. La isla Hornos, donde está enclavado el faro, es la última de ellas.

La lancha, que se llama "Alacalufe", deja Puerto Williams a las tres de la mañana. El viaje transcurre en relativa tranquilidad en la oscuridad de la noche hasta que la embarcación deja el canal Beagle. El sueño de los que duermen se interrumpe por un vaivéninsostenible. Una puerta se abre y se cierra con fuerza, como en una película de terror. Es la bienvenida al mar abierto austral.

Aparte de su tripulación de 13 personas, va un grupo de tres españoles que se encuentran grabando un documental sobre cómo se vive en lugares totalmente aislados. También va una pareja de amigos -uno ucraniano, el otro bielorruso-, que llevan un año cruzando el continenteamericano desde Canadá hasta Tierra del Fuego. Ambos estuvieron dos semanas en Puerto Williams esperando una oportunidad para poder llegar hasta el faro. El "Alacalufe" fue esa oportunidad.

A las nueve de la mañana la lancha ya se encuentra frente a la isla Hornos. El día es nublado, pesado, de una extraña luminosidad, casi de película bíblica. A lo lejos se distingue una figura humanaesperando estoicamente. Es Miguel Apablaza.

Un zódiac se encarga de llevarnos hasta la costa: una pequeña playa pedregosa que termina en un enorme paredón mezcla de rocas y vegetación. Al bajar del bote, Apablaza saluda brevemente para no distraernos: las piedras de la playa son resbalosas y cuesta caminar. Una enorme escalera de madera une la playa con la parte superior de la isla. Hay que subiralrededor de 50 metros.

Allí arriba está el faro, construido en 1991. Al contrario de lo que uno pudiera pensar, no ilumina el mar. Da un flashazo de tono celeste cada 12 segundos para que las embarcaciones tengan una referencia de la tierra en medio de la oscuridad del mar austral.

Mientras oscurece, Apablaza dice que lo único que quería era quedar aislado junto a su familia. Venía de pasarlargas temporadas a bordo de un buque de la Armada, sin tener mucho contacto con su señora y su hijo. Por eso, una posible destinación a una alcaldía de mar le parecía una manera de estrechar lazos. "Es mucho trabajo, pero lo pasamos tan bien los tres juntos que los días se nos pasan volando. Llevamos cinco meses aquí y parece que fuera una semana."

Él y su familia, en todo caso, no están...
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