Zapatero

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El Discurso
Señorías, señor Rodríguez Zapatero, resulta cabalmente imposible fijar una posición argumentada en torno a su investidura como presidente de Gobierno sin hacer una referencia, siquiera sea mínima, al momento histórico y, especialmente, al contexto político en el que tiene lugar.
(Intervención de Manuel Marín).
Le decía, señor Rodríguez Zapatero, que no resulta posible fijar unaposición razonada en torno a su investidura como presidente de Gobierno sin aludir mínimamente al contexto político en el que tiene lugar la sesión de investidura, porque las elecciones del pasado 14 de marzo —y supongo que en esto coincidirá conmigo una buena parte de la Cámara— ha puesto fin al período más aciago de la política española desde que la muerte del dictador, el año 1975, hiciera posibledevolver el poder al pueblo. La VII Legislatura ha constituido un auténtico cuatrienio negro para la democracia y las libertades —así lo vemos nosotros— porque tras al falso banderín de una democracia fuerte y sin complejos, que es lo que se nos decía, el partido político en el poder ha abordado toda una contrarreforma del orden fundamental libre y democrático. Esa es nuestra apreciación.
Laescandalosa reinstauración del delito político en los últimos días de la legislatura, a través de un procedimiento, como usted sabe, manifiestamente irregular, con la oposición de todas las formaciones políticas de la Cámara y con la crítica prácticamente unánime
de todos los especialistas de derecho penal, sólo ha sido el broche último, final, de una legislatura cargada de despropósitos, en la quela mayoría absoluta ha puesto al descubierto la auténtica faz de una derecha autoritaria e intolerante que acaparó impúdicamente el poder para ejercerlo absolutista y arbitrariamente, despreciando a la oposición, satanizando la discrepancia y descalificando de raíz al oponente en un auténtico ejercicio de depredación política.
Las constantes interferencias del Poder Ejecutivo en el funcionamientodel Poder Judicial, la manipulación sectaria de órganos constitucionales cuyo prestigio y credibilidad dependen fundamentalmente de su capacidad de actuar con arreglo a criterios de imparcialidad, independencia y neutralidad, la permanente limitación de los mecanismos establecidos para el control parlamentario y extraparlamentario del Gobierno, el incesante estrangulamiento de la libertad deexpresión y del derecho fundamental a comunicar y a recibir una información veraz, son algunos, sólo algunos, de
los rasgos más negativos de una acción política, en nuestra opinión
funesta, que está en la base, en buena medida, del creciente escepticismo con el que los ciudadanos contemplan la vida pública y el funcionamiento del sistema institucional. El balance no puede ser más desfavorable desdeel punto de vista de la calidad del sistema democrático. La división de poderes se ha convertido en una auténtica quimera y no son pocos los ciudadanos que han vuelto a experimentar aquella profunda sensación de desamparo que hace tan sólo unas décadas experimentaron ante los excesos y los manejos abusivos de un poder único —entonces sí que era único, lo que se dividían eran las funciones—,omnímodo e incontrolado, concentrado en muy pocas manos.
Una de las principales aportaciones —fíjense— de la era Aznar a la convivencia civilizada, a la tolerancia, a la libertad ideológica y al pluralismo político, ha consistido en rescatar para el lenguaje político correcto expresiones como las de: rojo, comunista y, por supuesto, la fatídica expresión de separatista, que creíamos definitivamenteenterradas entre los recuerdos más sórdidos de la historia contemporánea; de haber recuperado estas expresiones para utilizarlas, curiosamente, con el mismo, exactamente el mismo tono peyorativo con el que lo hacían los próceres del franquismo: ¡Comunista! ¡Separatista! Exactamente igual. Una rancia semántica, una retórica zafia y ramplona, irresponsablemente inducida desde el poder, que parecía...
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