A nada

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A nada, de cuanto he dicho que pasó esta tarde, me hallé presente, porque me estaba en casa sobre mis libros y aunque, yo había oído en la calle parte del ruido, siendo ordinario los que por las continuas borracheras de los indios nos enfadan siempre, ni aún se me ofreció abrir las vidrieras de la ventana de mi estudio para ver lo que era, hasta que, entrando un criado casi ahogando, se me dijo agrandes voces: "¡Señor, tumulto!" Abrí las ventanas a toda prisa y, viendo que corría hacia la plaza infinita gente, a medio vestir y casi corriendo, entre los que iban gritando. "¡Muera el virrey y el corregidor, que tienen atravesado el maíz y nos matan de hambre!", me fui a ella.

Llegué en un instante a la esquina de la Providencia y, sin atreverme a pasar delante me quedé atónito. Era tanextremo tanta la gente, no sólo de indios sino de todas castas, tan desentonados los gritos y el alarido, tan espesa la tempestad de piedras que llovía sobre el palacio, que excedía el ruido que hacían en las puertas y en las ventanas al de más de cien cajas de guerra que se tocasen juntas; de los que no tiraban, que no eran pocos, unos tremolaban sus mantas como banderas y otros arrojaban alaire sus sombreros y burlaban a otros; a todos les administraban piedras las indias con diligencia extraña; y eran entonces las seis y media.

Por aquella calle donde yo estaba (y por cuantas otras desembocan a las plazas sería lo propio) venían atropellándose bandadas de hombres. Tratan desnudas sus espadas los españoles y, viendo lo mismo que allí me tenían suspenso, se detenían; pero los negros,los mulatos y todo lo que es plebe gritando: "¡Muera el virrey y cuantos lo defendieren!", y los indios: "¡Mueran los españoles y gachupines (son los venidos de España) que nos comen nuestro maíz! ", y exhortándose unos a otros a tener valor, supuesto que ya no había otro Cortés que los sujetase, se arrojaban a la plaza a acompañar a los otros a tirar piedras. "¡Ea, señoras!", se decían lasindias en su lengua unas a otras, "¡vamos con alegría a esta guerra y, como quiera Dios que se acaben en ella los españoles, no importa que muramos sin confesión!" ¿No es nuestra esta tierra? Pues ¿qué quieren en ella los españoles?
No me pareció hacía cosa de provecho con estarme allí y, volviendo los ojos hacia el palacio arzobispal, reconocí en su puerta gente eclesiástica y me vine a él; dijo elprovisor y vicario general, que allí estaba, que subiese arriba y, refiriéndole al señor arzobispo en breve cuanto habla visto, queriendo ir su señoría ilustrísima a la plaza, por si acaso con su autoridad y presencia, verdaderamente respectable, cariñosa y santa, se sosegaba la plebe, con otros muchos que le siguieron, le acompañé.

Precedía el coche (pero vacío porque iba a pie) y bienarbolada la Cruz para que la viesen, entró en la plaza. No pasábamos de los portales de Providencia, porque, reconociendo habían ya derribado a no sé cuál de los cocheros de una pedrada y que, sin respeto a la cruz que vían y acompañada de solos clérigos, nos disparaban piedras, se volvió su señoría y cuantos le acompañábamos a paso largo; y poco después de sucedido esto, se acabó el crepúsculo ycomenzó la noche.

Por la puerta de los cuarteles, por la casa de la moneda, que esta contigua, y por otras partes les había entrado algún refuerzo de gente honrada y de pundonor a los que, por estar encerrados en su palacio, se tenían en su concepto por muy seguros, sin ofrecérceles el que, por falta de oposición, se arrojarían los tumultantes a mayor empeño. Si es verdad haberse cargado la nocheantes todos los mosquetes, como me dijeron, no debía haber en palacio otra alguna pólvora, y absolutamente faltaron balas, porque después de veinte y cinco o treinta moquetazos que se dispararon desde la azotea, no se oyó otro tiro y como quiera que los que entraron de socorro iban sin prevención y de los pocos soldados que allí se hallaron, dos o tres estaba muy mal heridos, otro quebrada la mano...
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