El Combate De La Tapera

Páginas: 15 (3706 palabras) Publicado: 9 de octubre de 2012
El Combate de la Tapera
por EDUARDO ACEVEDO D Í A Z

Era después del desastre del Catalán, más de setenta años hace. Un tenue resplandor en el horizonte quedaba apenas de la luz del día. La marcha había sido dura, sin descanso. 170 *

Por las narices de los caballos sudorosos escapaban haces de vapores, y se hundían y dilataban -alternativamente sus ijares como si fuera poco todo el airepara calmar el ansia de los pulmones.

Algunos de' estos generosos brutos presentaban heridas anchas en los cuellos y pechos, que eran desgarraduras hechas por la lanza o el sable. En los colgajos de piel había salpicado el lodo de los arroyos y pantanos, estancando la sangre. Parecían jamelgos de lidia, embestidos y maltratados por los toros. Dos o tres cargaban con un hombre a grupas, ademásde los jinetes, enseñando en los cuartos uno que otro surco rojizo, especie de lineas trazadas por un látigo de acero, que eran huellas recientes de las balas recibidas en la luga. Otros tantos, parecían ya desplomarse bajo el peso de su carga, e íbanse quedando a retaguardia con las cabezas gachas, insensibles a la espuela. Viendo esto el sargento Sanabria gritó con voz pujante: —¡Alto! Eldestacamento se paró. Se componía de quince hombres y dos mujeres; hombres fornidos, cabelludos, taciturnos y bravios; mujeres dragones de vincha, sable corvo y pie desnudo. Dos grandes mastines con colas barrosas y las lenguas colgantes, hipaban bajo el vientre de los caballos, puestos los ojos en el paisaje oscuro y siniestro del fondo de donde venían, cual si sintiesen todavía el calor de la pólvoray el clamoreo de guerra. Allí cerca, al frente, percibíase una tapera entre las sombras. Dos paredes de barro batido sobre tacuaras horizontales, agujereadas y en parte derruidas; las testeras, como el techo, habían desaparecido. Por lo demás, varios montones de escombros sobre los cuales crecían viciosas las hierbas; y a los costados, formando un cuadro incompleto, zanjas semicegadas, de cuyofondo surgían saúcos y cicutas en flexibles bas-

tones ornados de racimos negros y flores blancas. —A formar en la tapera — dijo el sargento con ademán de imperio. Los caballos de retaguardia con las mujeres a que pellizquen... Cabo Mauricio haga echar cinco tiradores vientre a tierra, atrás del cicutal... Los otros adentro de la tapera, a cargar tercerolas y trabucos. ¡Pie a tierra dragones, ylisto, cañejo! La voz del sargento resoba bronca y- enérgica en la soledad del sitio. Ninguno replicó. Todos traspusieron la zanja y desmontaron, reuniéndose poco a poco. Las órdenes se cumplieron. Los caballos fueron maneados detrás de una de las paredes de lodo seco, y junto a ellos se echaron los mastines resollantes. Los tiradores se arrojaron al suelo a espaldas de la hondonada cubierta de.malezas, mordiendo el cartucho; el resto de la extraña tropa distribuyo en el interior de las ruinas que ofrecian buen número de troneras por donde asestar las armas de fuego; y las mujeres, en vez de hacer compañía a las transidas cabalgaduras, pusiéronse a desatar los sacos de munición o pañuelos llenos de cartuchos deshechos, que los dragones llevaban atados a las cinturas en defecto decananas. Empezaban afanosas a rehacerlos, en cuclillas, apoyadas en las piernas de los hombres, cuando caía ya la noche. —Naide pite, — dijo el sargento. Carguen con poco ruido de baqueta y reserven los naranjeros hasta que yo ordene... ¡Cabo Mauricio!, vea que esos mandrias no se duerman si no quieren que les chamusque las cerdas... ¡Mucho ojo y la oreja parada! —Descuide, sargento — contestó el cabocon gran ronquera —; no hace falta la advertencia, que aquí hay más corazón que garganta de sapo. Transcurrieron breves instantes de silencio. * 171

Uno de los dragones, que tenía el oído en el suelo, levantó la cabeza y murmuró bajo: —Se me hace tropel... Ha de ser caballería que avanza. Un rumor sordo de muchos cascos sobre la alfombra de hierbas cortas, empezaba en realidad a percibirse...
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