Belami

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BEL AMI
Guy de Maupassant

PARTE I
I Cuando la dependienta le entregó la vuelta de sus cinco francos, George Duroy salió del restaurante. Presumido por naturaleza y por petulante reminiscencia de su época como suboficial, hinchó el pecho, se atusó el bigote con un gesto marcial que le era característico y arrojó sobre los comensales que llegaban con retraso una mirada rápida y circunspecta,una de esas miradas de gavilán que todo lo abarca y penetra. A su paso, las mujeres levantaron la cabeza. Eran tres obrerillas, una profesora de música, de cierta edad, reñida con el peine, desaliñada, que solía llevar su sombrero polvoriento y un vestido hecho a zurcidos; finalmente dos señoras de medio pelo, con sus correspondientes maridos, todos ellos parroquianos asiduos de aquel bodegón concubiertos a precio fijo. Ya en la acera, Duroy permaneció un momento inmóvil, como si se preguntase qué haría. Era el 29 de junio, y, para terminar el mes, le quedaban en el bolsillo tres francos y cuarenta céntimos, lo cual valía por dos almuerzos, sin las respectivas comidas, o bien por dos comidas sin los almuerzos correspondientes, a elegir. Pensó que si las refacciones matinales le suponíanun gasto de un franco y diez céntimos, en lugar del uno cincuenta que le costarían las colaciones vespertinas, aún podía disponer, si se contentaba con los almuerzos, de su superávit de un franco y veinte céntimos, lo que suponía dos bocadillos de salchichón y el supremo placer de sus noches. Y echó calle de Notre Dame de Lorette abajo. Andaba como cuando vestía el uniforme de húsar: abombado elpecho, las piernas ligeramente arqueadas, como si se acabase de desmontar del caballo, avanzaba brutalmente, empujando con sus hombros los hombros ajenas, abriéndose paso entre la gente para no desviarse de su camino. Llevaba la chistera ligeramente inclinada hacia la izquierda y taconeaba fuerte. Parecía desafiar a alguien: a los transeúntes, a las casas, a la ciudad entera, por prurito de soldadose marchó en traje de paisano. Aunque vestía un terno de sesenta francos, comprado en su bazar de ropas hechas, conservaba cierta elegancia un poco llamativa y vulgar, pero innegable. Alto, bien formado, rubio, de un rubio castaño ligeramente rojizo; bermejo el bigote, por donde el labio simulaba deshacerse en espuma; los ojos, de un azul claro, agujerados por pequeñas pupilas; el pelo,naturalmente ondulado, partido en dos por la raya en medio, diríase el vivo retrato de un calavera de novelón.. Era una de esas noches de verano en que el aire falta en París. La ciudad, ardiente como una estufa, parecía sudar en el sofocante ambiente nocturno. Por las graníticas bocas de los sumideros se escapaba su pestífero aliento, y a través de sus bajas ventanas las cocinas de los sótanos arrojaban ala calle inmundas miasmas de agua de fregar y sobras de guisados. Los porteros, en mangas de camisa y a horcajadas sobre sillas de mimbre, echaban un cigarrillo ante las puertas cocheras, y contemplaban el perezoso desfile de viandantes que, con el sombrero en la mano, se enjugaban las sudorosas frentes. Cuando George Duroy llegó al bulevar, se detuvo de nuevo, indeciso, sobre lo que había dehacer. Ahora le apetecía ganar los Campos Elíseos y la avenida del Bosque de

Bolonia para disfrutar, bajo los árboles, de un poco de aire fresco; pero, al mismo tiempo, lo acuciaba otro deseo: el de tropezar con alguna aventura galante. ¿Cómo sobrevendría? George no podía imaginarlo, pero desde hacía tres meses la esperaba a diario, noche tras noche. Entre tanto, y gracias a su agradable rostro ya sus modales seductores, disfrutaba de algún amor pasajero, pero siempre esperando algo más y mejor. Con la bolsa vacía y la sangre hirviéndole en las venas, se encandilaba al contacto de las trotacalles que, en las esquinas, musitaban: “¿Quieres venir un ratito, guapo?” Pero, como no podía pagarles, tampoco se atrevía a aceptar su invitación. Y seguía esperando otra cosa, otras caricias menos...
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