El abalorio perdido

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El abalorio perdido

A la memoria de Flash Gordon, Tarzán y Misterix. A los piratas Francis Drake, Morgan e Hipólito Bouchard. Al hombre de la Bolsa. Al Cuco. A la Ciudad del Barco. A las lagartijas: esos animalitos que vuelan bajito. Al gol de Maturana. Al Bar y Billares de Bertelli. A la tabla del uno. Al Cine de Villa la Trinidad. Al Sportivo Trini-dad y al pretérito pluscuamperfecto delverbo soñar.

M
e asomé a través del vidrio redondo de la puerta y vi a Adela Pérez Tartta con sus adiposidades rebalsando por los costados de la silla. De ambos brazos, balanceándose, le colgaban dos placas de piel fláccida como orejas de elefante. Su mirada trataba vanamente de calinar su anorgasmia.
Aun cuando no estaba establecido, los otros miembros le cedieron tácitamente la pre-sidenciadel tribunal.
De pie, junto a la pesada mesa del Claustro, Honorio Romero examinaba con ansiedad los folios. Con su afilada nariz como puntero, husmeaba entre las polvorientas líneas de los expedientes. Cuando algo le molestaba indicaba con berrinches sus desacuerdos. De a ratos dejaba los legajos y caminaba por la sala frunciendo el ceño y entrelazando las manos sobre sus glúteos. En esosmomentos se hacía palpable la avenencia entre su desmirriada figura y el fastuoso recinto. Luego, antes de seguir con la revisión de los pliegos, se paraba frente a Adela y con una genuflexa sonrisa, solicitaba una innecesaria venia para proseguir con la tarea.
Juan Rojas iba desde su silla hasta el extremo de la sala donde trataba, infructuosamen-te, de asomarse por una ventanita pequeña y alta. Desdeallí volvía preocupado. Vestía un traje impecable. Su esbelta y pulcra estampa contrastaba con la de los otros miembros. En la comisura de sus labios llevaba grabado el rictus permanente de una sonrisa de conve-niencia.
Los tres eran especialistas en impartir enseñanzas. Habían pasado años capacitándose en técnicas para formar gente que a su vez enseñaría a otros cómo enseñar a en¬señar.Des-pués de algunas generaciones sublimaron el oficio y ya nadie se preguntaba qué enseñaban.
Marginalmente, habían creado un lenguaje específico que sólo entendían los miembros de exclusivos cenáculos de la disciplina y grupos directamente ligados a ellos.
Presentí que la espera sería larga. Un asiento de madera de algarrobo hizo menos in-sensible el hormigón del pasillo. De vez en cuando pasabaalgún empleado que me desahu-ciaba con la mirada.
Los visillos del Decanato dejaban traslucir la figura de L.V. Mansilla, ocupado en su añeja rutina de enhebrar abalorios moriscos que hacía importar de España.
La tarea de L.V. había generado la creación de otros grupos. Uno de ellos era el de Técnicas de Unión de Piolín de Collares, cuyos servicios usaba el Decano cada vez que terminaba uncarretel. El grupo se encargaba de unir la ristra nueva al resto del enhebrado. Era asombroso ver cómo empalmaban una a una las hebras de los piolines y lograban una unión perfecta. Periódicamente publicaban los resultados en revistas de la especialidad, escritas en inglés.
Otro grupo se había especializado en la construcción de recipientes adecuados para guardar el enhebrado. Primero se diseñaroncajas, luego anaqueles para poner las cajas, después se hicieron estructuras de varios pisos para los anaqueles y, por último, silos subte-rráneos donde se lo guardaba a granel. Pero el grupo de investigación más importante era el que buscaba el principio del enhilado. Todos conocían dónde podían encontrar el último abalorio enhebrado, sólo bastaba con llegarse al Decanato. Sin embargo, nadie sabíadónde estaba el primero. En todos los ámbitos se comenzó a hablar del síndrome del abalorio perdido. Sin él nunca se podría cerrar el círculo. Así sólo era una simple ristra y nunca sería collar. A partir de esa situación se creó el Grupo de Investigación para la Búsqueda del Abalorio Perdido.
Al comienzo se lo buscó en el ámbito de la Facultad, luego en todo el Campus de la Universidad. Ante...
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