Un desengaño

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UN DESENGAÑO

I

En un lugar de mi patria de cuyo nombre me acuerdo, mas no lo quiero decir, vivían dos compadres, entre los cuales mediaban, además del parentesco espiritual, las más íntimas relaciones de amistad: mercader el uno, y labrador el otro, habían logrado con su trabajo llegar a la clase de personas notables de la población; en la tienda del primero se reunía el Juez, el Sr. Cura,el Comandante, el Médico; en una palabra, lo principal del pueblo, y hablaban cada noche un par de horas, cuando no venían a impedirlo algún expediente, administración de sacramentos, asuntos del servicio, enfermo, o cosa de este jaez, o cuando la inteligencia cordial de las potencias no estaba interrumpida; cosa no muy difícil, y en ciertas ocasiones muy frecuente.

Casados hacía algunos añoscon dos hermanas, tenían los compadres su traviesa prole, que no era numerosa, pues que no pasaban de dos los hijos de cada uno. Acercábanse estos a la edad en que era preciso comenzara su enseñanza, y los padres habían discutido más de una vez sobre este punto, el único quizás en que nunca pudieron convenir. Decía el mercader que a los muchachos era preciso hacerles estudiar, y darles una carreraque les pusiera al abrigo de los reveses de la fortuna, tal como la Jurisprudencia o la Medicina; y pretendía el labrador, que un padre no debía enseñar a su hijo más de lo que él mismo sabía, porque si con aquellos conocimientos pudo el primero reunir un capital, bastaban al segundo para conservarlo. En prueba de lo acertado de opiniones tan diversas alegaba cada uno por su parte infinidad derazones, y no siempre lo hicieron con la calma necesaria para no llegar a punto de agriarse y romper una intimidad útil a entrambos. Una noche, en que se [p. 92] reunieron las personas de costumbre en la tienda del mercader, recayó la conversación sobre una escuela nuevamente abierta en el pueblo; y de aquí tomaron hincapié los compadres para atacarse mutuamente con la esperanza de convencerse.Eligieron por juez al Sr. Cura, por testigos a los demás, y comenzó el mercader de este modo:

--Yo, señores, tengo dos hijos, que quisiera, como es natural, que fueran un modelo de honradez y saber, y quisiera además que vivieran siempre felices: para lograr esto no perdonare sacrificio, por costoso que me sea; y como pienso que de ningún modo llegare a alcanzarlo sino dándoles toda lainstrucción necesaria para hacer de ellos: unos hombres de carrera, quiero empezar por enviarlos a la escuela, con la firme resolución de no parar desde ahora hasta que el mayorcito sea abogado y el otro médico. Tal es mi intención, que creo muy recta y no dudo que merecerá el voto de ustedes.

Entre las muchas razones que me han decidido a seguir este camino, es la principal la seguridad que tengo de quedando a mis hijos una carrera, les pongo a cubierto de las desgracias que puedan ocurrir a todo el que vive con la renta de un patrimonio expuesto siempre a perderse. Satisface también mi orgullo de padre la idea de que mis hijos lleguen un día a ocupar un puesto en la sociedad, que la modesta instrucción de sus antepasados no les permitía ambicionar: en efecto, ¿qué hay más grato para un pobreanciano que oír por todas partes elogios del saber de sus hijos, ver que se les cuenta en el número de las personas ilustradas, y encontrar una madre que debe a uno de ellos la vida de su hijo o a un inocente a quien salvó el otro de un severo e inmerecido castigo? Bien cerca tenemos al hijo de nuestro vecino D. Antonio: que diga este que está presente, sino se le caía la baba el día que le viollegar de la Península, después de diez años de ausencia, hecho todo un hombre, y con toda su ciencia y sus barbas tan cariñoso y tan complaciente con su padre; que diga lo que experimentó el día que fuimos juntos a la Audiencia a oír cómo se explicaba el nuevo abogado: me parece que lo estoy viendo amarillo como la cera y saliéndosele el corazón por la boca, hasta que el fuego del orador y la...
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