Amor a la vida

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Amor a la vida

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JACK LONDON

AMOR A LAVIDA

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Esto quedará, de entre todo: Vivieron y se esforzaron; será ganancia esa porción del juego, aunque ya exista el oro de los dados.
Bajaron por la costa, cojeando, doloridos, y en una ocasión el primero de los hombres trastabilló entre las rocas sembradas al azar. Estaban cansados y débiles, y sus rostros tenían la expresión tensa de la paciencia que viene con las fatigasmucho tiempo soportadas. Iban cargados con fardos envueltos en mantas y amarrados con correas a los hombros. Otra correa les pasaba por la frente, y ayudaba a sostener los bultos. Cada hombre llevaba un rifle. Caminaban en postura encorvada, los hombros bien hacia adelante, la cabeza más adelante aun, los ojos clavados en el suelo. –Ojalá tuviese dos de esos cartuchos que tenemos en nuestro escondrijo–dijo el segundo. Su voz era total y fatigadamente inexpresiva. Hablaba sin entusiasmo; y el primer hombre, quien se introdujo, cojeando, en la lechosa corriente que espumeaba sobre las rocas, no ofreció respuesta. El otro le pisaba los talones. No se quitaron los zapatos, aunque el agua estaba helada; tanto, que les dolieron los tobillos y se

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ESTE LIBRO FUE AUTORIZADO POR ELALEPH.COMPARA EL USO EXCLUSIVO DE CRISTINA LÓPEZ (CLOHUR@GMAIL.COM)

JACK LONDON

les entumecieron los pies. En algunos lugares, el agua se les precipitaba hasta las rodillas, y ambos hombres trastabillaban. El segundo resbaló en una piedra lisa, estuvo a punto de caer, pero se recuperó con un violento esfuerzo, y al mismo tiempo lanzó una exclamación de dolor. Parecía aturdido y con vértigos, y extendióla mano libre mientras se bamboleaba, como buscando apoyo en el aire. Cuando recobró el equilibrio, se adelantó, pero volvió a tambalearse, y casi cayó. Luego permaneció inmóvil y miró al otro hombre, quien no había vuelto la cabeza. Se quedó quieto durante un minuto, como si discutiera consigo mismo. Luego exclamó: –Oye, Bill, me disloqué el tobillo. Bill continuó tambaleándose a través del agualechosa. No miró en torno. El hombre lo vio alejarse, y si bien su rostro siguió tan inexpresivo como antes, sus ojos eran como los de un ciervo herido. El otro hombre llegó cojeando hasta la orilla opuesta y prosiguió en línea recta, sin mirar hacia atrás. El hombre del arroyo lo observó. Los labios le temblaban un poco, de modo que la tosca maraña de pelo castaño que los cubría se agitóvisiblemente. Inclusive asomó la lengua para humedecerlos. –¡Bill! –exclamó. Era el grito de súplica de un hombre fuerte en apuros, pero la cabeza de Bill no se volvió. El hombre lo miró irse, cojeando en forma grotesca y tambaleándose hacia adelante, con pasos vacilantes, y subir la suave cuesta hasta la blanda línea del horizonte de la baja colina. Lo vio continuar hasta que llegó a la cima ydesapareció al otro lado. Luego desvió la mirada y poco a poco recorrió el círculo del mundo que le quedaba, ahora que Bill se había ido. Cerca del horizonte, el sol ardía vagamente, casi oscurecido por informes brumas y vapores que daban una impresión de masa y densidad sin contornos o tangibilidad. El hombre extrajo el reloj, mientras apoyaba su peso sobre una pierna. Eran las cuatro, y como la estaciónse acercaba a finales de julio o principios de agosto –no podía decir la fecha exacta, fuera de una aproximación –6–

Amor a la vida

de una o dos semanas–, sabía que el sol señalaba, más o menos, el noroeste. Miró hacia el sur y supo que en algún lugar de esas yermas colinas se encontraba el lago Great Bear; también supo que en esa dirección el Círculo Ártico se abría su temible paso a...
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