El hechicero y su magia

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EL HECHICERO Y SU MAGIA

Un individuo, consciente de ser objeto de un maleficio, está íntimamente persuadido, por las más solemnes tradiciones de su grupo, de que se encuentra condenado; parientes y amigos comparten esta actitud.
La comunidad se retrae: se aleja del maldito, se conduce ante él como si se tratase no sólo ya de un muerto sino también de una fuente de peligro para todo elentorno; en cada ocasión y en todas sus conductas, el cuerpo social sugiere la muerte a la desdichada víctima, que no pretende ya escapar a lo que considera su destino ineluctable.
Por otra parte, se celebran en su honor los ritos sagrados que le conducirán al reino de las sombras. Brutalmente separado primero de todos sus lazos familiares y sociales, y excluido de todas las funciones y actividades pormedio de las cuales tomaba conciencia de sí mismo, el individuo vuelve a encontrar esas mismas fuerzas imperiosas nuevamente conjuradas, pero sólo para borrarlo del mundo de los seres vivos.
No hay razones, pues, para dudar de la eficiencia de ciertas prácticas mágicas. Pero al mismo tiempo se observa que la eficacia de la magia implica la creencia en la magia, y que ésta se presenta en tresaspectos complementarios: en primer lugar, la creencia del hechicero en la eficiencia de sus técnicas; luego, la del enfermo que aquél cuida o de la víctima que se persigue, en el poder del hechicero mismo; finalmente, la confianza y las exigencias de la opinión colectiva, que forman a cada instante una especie de campo de gravitación en cuyo seno se definen y se sitúan las relaciones entre el brujo yaquellos que él hechiza.
Cuando el hechicero pretende extraer por succión, del cuerpo de su enfermo, un objeto patológico cuya presencia explicaría el estado mórbido, y presenta un guijarro que había escondido en su boca.

“Septiembre de 1938 acampábamos con una pequeña banda de indios nambikwara la mayoría de las bandas, tenía ésta un jefe civil y un hechicero cuya actividad cotidiana ennada se distinguía de la de los demás hombres del grupo: caza, pesca, trabajos artesanales.
Un hombre robusto, de unos cuarenta y cinco años, muy alegre. No regresó al campamento a la hora habitual. Cayó la oscuridad y se encendieron los fuegos; los indígenas no disimulaban su inquietud.
Hacía una semana, percibíamos todas las noches misteriosos fuegos de campamento que ora se alejaban o seacercaban a los nuestros. Ahora bien, toda banda desconocida es potencialmente hostil. Tras dos horas de espera, la convicción de que el compañero había sucumbido en una emboscada se generalizó, y mientras sus dos jóvenes mujeres y su hijo lloraban ruidosamente la muerte del esposo y padre, los otros indígenas evocaban las consecuencias trágicas que sin duda anunciaba la desaparición de su dignatario.Las diez de la noche, esta espera ansiosa de una catástrofe inminente, los gemidos a los que comenzaban a sumarse otras mujeres y la agitación masculina, habían conseguido crear un ambiente intolerable, y decidimos partir en reconocimiento con algunos indígenas que conservaban una relativa calma
Tropezamos con una forma inmóvil: era nuestro hombre que, acurrucado y en silencio, tiritaba en elfrío nocturno, desgreñado y privado (los nambikwara no llevan otra vestimenta) de su cinturón, collares y brazaletes. Se dejó conducir sin dificultad al campamento, pero fueron necesarias largas exhortaciones de todos y las súplicas de los suyos para que abandonara su mutismo.

Una tormenta, había estallado por la tarde, y el trueno lo había llevado a varios kilómetros de distancia, hasta un lugarque él indicó, y luego lo había traído nuevamente al lugar donde lo habíamos encontrado, tras haberlo despojado completamente. Todo el mundo se fue a dormir comentando el acontecimiento.
Al día siguiente, la víctima del trueno había recobrado su habitual jovialidad y también, por otra parte, todos sus ornamentos, lo cual no pareció sorprender a nadie.
Algunos indígenas comenzaron a hacer...
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