El inventario- elena poniatowska

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El inventario
Elena Poniatowska

—Esta mesa es Chippendale.
—¡A ver, muchachos, al camión!
Vocea: “¡Una mesa con las patas flojas, una!”.
—Un cuadro de la escuela de Greuze.
—¡Una tela grande rayada, una!
—Una consola Louis Philippe.
—Oiga, yo creo que estos muebles son del tiempo de don Porfirio, porque mire nomás el polillero.
—Dos vitrinas deWedgewood.
—¿Cómo dice usted?
—Wedgewood… Voy a deletreárselo.
—¡Salen dos vitrinas! ¡Mira ésta no cierra…!
—¡Dos sillones con la tapicería percudida, dos!
—No está percudida, así es, estilo Regency.
—Es que nosotros tenemos la obligación de poner cómo están, si no luego nos reclaman. Y todas esas mesitas redondas, ¿también nos las llevamos?
—Sí, también son para labodega.
—Y si no es indiscreción, ¿por qué mejor no las vende?
—Son de mis tías, son de mi familia, cosas de familia. ¿Cómo las voy a vender? Nosotros no vendemos, mandamos restaurar.
—Pues también se le van a apolillar. Mire este cajón, ¡ya está todo agujereado! Y está chistoso el cajoncito. Mire nomás cuánto tiempo gastaban los antiguos en estas ocurrencias… Todo de puros cachitos.Una mañana subió Ausencia. Se arrodilló junto a la cama, a la altura de mi cabeza sobre la almohada y desperté con el rostro de la cocinera esperándome, ese rostro gris, viejo, grueso.
—¡Ya me voy señorita!
—¿Qué te pasa Ausencia?
—Es que me voy antes de que se me haga tarde.
—No entiendo.
—¿No quiere usted revisar lo que me llevo? Allá abajo está la camioneta.—Por Dios, Ausencia, ¿qué haces?
—Es que las cosas ya no son como antes… Me llevo el ajuarcito de bejuco. Ése me lo regaló su abuelita.
(En la calle estaba la camioneta muy pequeña con todos los pobres muebles apilados, patas para arriba. Allí amarraron al perro.)

En el principio fueron los muebles. Siempre hubo muebles.
—Oye ¿a quién le tocó el esquinero de marqueteríapoblana?
—A tía Pilar, pero en compensación le daremos a Inés las dos sillas de pera y manzana.
Era bueno hablar de los muebles; parecían confesionarios en donde nos vaciábamos de piedritas el alma. Hablar de ellos era ya poseerlos. En el fondo de cada uno de nosotros había una taza rencorosa, un plato codiciado de Meissen, un pastorcito de Niderwiller “que yo quería y estaba en otro lote”.A pesar de que todos éramos herederos, y herederos de a poquito, a pesar de que nos espiábamos con envidia, el aire estaba lleno de residuos que nos unían y había la posibilidad de que el día menos pensado nos dijéramos: “Oye, el arbolito chino ¿no me lo cambiarías por aquella bicoca de Chelsea que tanto me gusta?... Vale más el arbolito, sales ganando…”

—Una luna sin espejo.
—¿Cómoque sin espejo?
—Es que está empañado.
—Así son esas lunas venecianas. No son para verse. Son de adorno. Son para borrar los recuerdos.
—Como usted mande. ¡Sale una luna rajada, marco dorado, una!

(Me están despojando de algo. Toda mi vida he estado prendida en estos muebles. ¡Cómo me miran! Invadieron mi alma como antes invadieron la de mi abuela y la de mis tías, la de missiete tías infinitamente distraídas y desplazadas, siempre extranjeras, siempre en las lunas del espejo; y la de mis nueve primas a la deriva… Se están llevando la primera capa de mi piel, caen las escamas.)
—Por favor, pongan más cuidado…
—Es que el mal ya está en los muebles, señorita, ya no sanan. No es cosa nuestra. Mire, no podemos ni tocarlos. Parecen momias y se nos desbaratan enlas manos. ¿Cómo le hacemos, pues?

Ausencia con su suéter y su chal cruzado sobre los hombros, su chal para taparla del frío de todos estos años no vividos, el frío de toda esa vida con nosotros, la nariz amoratada en la mañana fría, las mejillas azules por ese vello negro, monjil como el plumón de los pollitos, Ausencia con su boca muy cerca:
—Me voy para San Martín Texmelucan. Me...
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