el jugador

Páginas: 189 (47109 palabras) Publicado: 19 de marzo de 2013
El jugador
Fëdor Dostoyevski

Índice
CAPITULO I
CAPITULO II
CAPITULO III
CAPITULO IV
CAPITULO V
CAPITULO VI
CAPITULO VII
CAPITULO VIII
CAPITULO IX
CAPITULO X
CAPITULO XI
CAPITULO XII
CAPITULO XIII
CAPITULO XIV
CAPITULO XV
CAPITULO XVI
CAPITULO XVII

Acerca del autor

CAPITULO I
Por fin estaba de regreso, después de dos semanas de ausencia.
Los nuestros llevaban ya tresdías en Ruletenburg. Yo creía que meestarían aguardando como al
Mesías; pero me equivocaba. El general,que me recibió indiferente, me habló con altanería y me envió a
suhermana. Era evidente que, fuese como fuese, habían conseguido algún préstamo. Hasta me pareció
que el general rehuía mis miradas.
María Philippovna, muy atareada, apenas si dijo unas palabras. Sinembargo, aceptó el dinero quele
traía, lo contó y escuchó mi relatohasta el fin. Estaban invitados a comer Mezontsov, un francés y
también un inglés. Desde luego, aquí, cuando se tiene dinero, se ofrece ungran banquete a los amigos.
Costumbre moscovita.
Paulina Alexandrovna, al verme, me preguntó en seguida porqué había tardado tanto en volver, y sin
esperar mi respuesta se retiróinmediatamente. Naturalmente que aquellolo hizo adrede. Pero
eraindispensable, sin embargo, tener una explicación. Tengo el corazónoprimido.
Me habían destinado una pequeña habitación en el quinto pisodel hotel. Aquí todo el mundo sabe que
pertenezco al séquito del general. Todos se dan aires de importancia, y al general se le considera como
a un aristócrata ruso, muy rico.
Antes de la comida, el general tuvo tiempo dehacermealgunosencargos, entre ellos el de cambiar
varios billetes de mil francos. Loscambié en el mostrador del hotel. Ahora, durante ocho días por
lomenos, van a creernos millonarios.
Quería acompañar a Miguel y a Nadina de paseo; pero cuandoestábamos ya en la escalera, el general
me mandó llamar. Le parecíaconveniente enterarse de a dónde llevaba yo a los niños. Es evidenteque
este hombre no puedemirarme con franqueza, cara a cara. El debuena gana lo querría, pero a cada
tentativa suya le lanzó una miradatan fija, es decir, tan poco respetuosa, que se desconcierta. Con
frasesgrandilocuentes, retorcidas, de las que perdía el hilo, dióme a entenderque nuestro paseo debía
tener lugar en el parque, lo más lejos posibledel casino. Por último se enfadó, y bruscamente dijo: - ¿Es
que va usted allevar a los niños a la ruleta? Perdóneme -añadió inmediatamente-; tengo entendido que
usted es débil y capaz de dejarse arrastrarpor el juego. En todo caso yo no soy, ni deseo ser su mentor;
pero almenos, eso sí, tengo derecho a velar porque no me comprometa...
-Usted olvida, sin duda -respondí tranquilamente-, que carezcode dinero. Hace falta antes tenerlo para
perderlo en el juego.
-Voy adárselo -respondió el general, sonrojándose ligeramente.
Buscó por su mesa, consultó un cuaderno, y resultó que me debíaunos ciento veinte rublos.
- ¿Cómo lo arreglaremos? -dijo-. Hay que cambiarlos en talers...Pero aquí tiene cien talers... Lo
demás, naturalmente no lo perderá.
Tomé el dinero sin pronunciar palabra.
-Supongo que no interpretará mal mis palabras. Usted es tan susceptible... Sile hice esta observación
fue sólo como una advertencia y creo tener derecho...

Al volver antes de la comida, con los niños, me encontré en elcamino con toda la partida. Iban a
contemplar no sé qué ruinas. Seveían dos carruajes soberbios y dos caballos magníficos. La
señoritaBlanche ocupaba uno de los coches con María Philippovna y Paulina;el francés, el inglés y
nuestro general, les dabanescolta a caballo. Lostranseúntes se detenían a contemplar el lúcido cortejo.
Producía unefecto estupendo, aunque al general no le hacía ninguna gracia. Yocalculaba que con los
cuatro mil francos que les había traído, y lo queellos, por lo visto, habían pedido prestado, tendrían
ahora siete u ochomil francos. Muy poco, evidentemente, para la señorita Blanche.
La señorita Blanche se...
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