El perro siveriano

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  • Publicado : 2 de septiembre de 2012
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Terminamos de comer pasadas las once. El tiempo que pasó hasta el momento del brindis fue eterno.
Fue la segunda vez que tomé champagne. En el momento de las doce campanadas, toda la familia levantó sus copas. Pero, ¿cómo desearle feliz año a alguien que probablemente no lo termine?
Me acerqué a Ezequiel y le dije un "te quiero" apenas susurrado. El me abrazó y me dijo: "Yo también".
Era todolo que necesitaba oír.
XXXI
Pasó el verano, no nos fuimos de vacaciones, sólo unos días al campo de la abuela, unos pocos días debería decir, no llegaron a ser diez. Y no vi a Ezequiel hasta marzo. Hablábamos por teléfono casi a diario, ya no ocultaba mi interés por él. Mis padres lo tomaron con resignación, pero tampoco estaban dispuestos a dejarme ir a verlo.
En marzo, con el comienzo declases, volvía a gozar de una pequeña libertad. En el colegio me anoté en varias actividades extra curriculares, que me permitían estar más tiempo en la Capital. Mi idea era que cuanto más tiempo estuviera alejado de San Isidro, más posibilidades tendría de ver a Ezequiel.
A mediados de marzo volví a su casa. Llegué sin avisar. Ezequiel estaba trabajando. Desde que lo habían echado del estudio hacíapequeños trabajos como freelance, y sospecho que la abuela lo ayudaba económicamente. Jamás se lo pregunté a ninguno de los dos, ni ellos tampoco me lo comentaron.
Se alegró mucho de verme, lo sé. Estaba más delgado que la última vez. Su salud estaba muy deteriorada, cualquier germen que estaba por el aire él se lo agarraba. Tomaba vitaminas y, me contó, había días que no tenía fuerzas para hacersus caminatas.
—Sabía que cuando empezaran las clases ibas a volver. Lo sabía —me dijo—. Te tengo un regalo.
Y me regaló una foto. La foto era en blanco y negro. Estaba toda oscura, en el centro había una vela iluminando parte de un pentagrama. El pentagrama estaba en clave de Fa (la clave con la que se toca el chelo).
Esa vez no necesité preguntarle nada.
XXXII
Una mañana de domingo, poresa época, había ido hasta el shopping a comprar un libro y me encontré con unos amigos de papá.
—Nos enteramos de lo de Ezequiel —dijeron después de preguntarme por el colegio, la familia y esas cosas. Bastante incómodo es para un niño encontrarse con amigos de su padre en un lugar tan impersonal como un shopping, como para también tener que hablar de cosas tan delicadas como la enfermedad de suhermano. Me quedé callado.
—Es una enfermedad terrible... —insistieron.
—Si...—balbuceé.
—...la leucemia...
—¿La...leucemia..?
—Sí claro. Leucemia. La enfermedad de Ezequiel. Pobrecito.
No recuerdo si les contesté, sé que me fui indignado. Mis padres, al no poder evitar la evidencia de que Ezequiel se iba a morir, tuvieron que inventarle una enfermedad. Como si fuera más digno morirse deleucemia que de SIDA. Como si fuera indigno ser sidoso. Como si en la muerte hubiera alguna dignidad.
XXXIII
Todos los muertos están solos. Todos.
Ezequiel en el cajón parecía más solo todavía.
Tenía la soledad de los muertos, de todos los muertos, pero también, la soledad de la muerte joven. La soledad de una muerte negada por su familia.
Alguien dijo una vez, no sé quién, que el SIDA es como laguerra, son los padres los que despiden a sus hijos.
Ezequiel no tuvo esa suerte. La abuela y yo solamente lo acompañamos hasta el final.
Cuando Ezequiel murió, papá estaba de viaje de negocios.
XXXIV
Una de las tantas tardes que pasé en su casa ese último año, le hablé de Natalia. Era una compañera del taller de periodismo del colegio. A mí me fascinaba. No sólo era bella, bella es lapalabra justa, no entraba en los cánones de la hermosura convencional, era inteligente e irreverente. Tan distinta a todas las chicas que había conocido hasta entonces.
—Sacha, me parece que nuestro joven invitado se nos ha enamorado —dijo aplaudiendo.
Esa actitud me fastidió.
—No me jodas, Ezequiel. Yo te cuento de una chica que me gusta. Que no sé qué hacer.
Que tengo miedo a que me rechace y...
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