Hablemos de nuestras carceles

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Hablemos de las Cárceles…

Por: Luis Abel Zárate Meriles
Hoy 24 de Septiembre se conmemora el día del privado de libertad, este día fue elegido más por razones religiosas que por razones históricas, pero no voy a hablar acerca del día en sí, sino que quiero aprovechar esta fecha especial para hacer una reflexión acerca de nuestra realidad carcelaria, realidad local, que lamentablemente no esdiferente a la realidad nacional. A propósito del tema la siguiente historia con más de 250 años de antigüedad.
Damiens, un desequilibrado mental fue sentenciado el 27 de marzo de 1757, por haber herido levemente a Luis XV: al condenado se obligaría a “Pública retracción ante la puerta principal de la Iglesia de París”, adonde debía ser “llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, conun hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano”, después, “en dicha carreta, a la plaza de Gréve, y sobre un cadalso que allí había sido levantado le debían ser atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas; su mano derecha, debía ser sumergida en ácido, quemada con fuego de azufre, pues fue con esta mano que intentó su crimen, luego sobre las partes atenaceadas se leverterá plomo derretido, aceite hirviendo, resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente; a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento.
Durante la ejecución de la pena impuesta, el condenado no dejó escapar blasfemia alguna, tan solo los extremados dolores le hacían proferirhorribles gritos y a menudo repetía: “Dios mío, tened piedad de mí: Jesús Socorredme”.
La descripción de un testigo presencial continúa así: “Se encendió el azufre, pero el fuego era tan pobre que solo la piel de la parte superior de la mano quedó dañada, A continuación, un ayudante, tomó unas tenazas de acero hechas para el caso, y le atenaceó primero la pantorrilla de la pierna derecha,después el muslo, y de ahí pasó a las dos molas del brazo derecho, y a continuación a las tetillas. A este oficial, aunque fuerte y robusto, le costó mucho trabajo arrancar los trozos de carne que tomaba con las tenazas dos o tres veces el mismo lado, retorciendo, y lo que sacaba en cada porción dejaba una llaga del tamaño de un escudo de seis libras.
Después de estos atenaceamientos, Damiens, quegritaba mucho aunque sin maldecir, levantaba la cabeza y se miraba. El mismo atenaceador timó con una cuchara de hierro del caldero mezcla hirviendo, la cual vertió en abundancia sobre llaga. Después, ataron con soguillas las cuerdas destinadas al tiro de los caballos, y después se amarraron aquellas a cada miembro a lo largo de los muslos, piernas y brazos.
“Un escribano, se acercó repetidas vecesal reo para preguntarle si no tenía algo que decir. Dijo que no; gritaba como representan a los condenados que no hay como se diga a cada tormento: “Perdón, Dios mío”, “Perdón Señor”. A pesar de todos sus sufrimientos, levantaba de cuando en cuando la cabeza y se miraba valientemente.
Las sogas, tan apretadas por los hombres que tiraban de los caballos, le hacían sufrir dolores indecibles. Unoscuantos confesores se acercaron y le hablaron buen rato. Besaba de buena voluntad el crucifijo que le presentaban; tendía los labios y decía siempre: “Perdón Señor”
Los caballos dieron una arremetida, tirando cada uno de un miembro en derechura, sujeto cada caballo por un oficial. Un cuarto de hora después, vuelta a empezar, y en fin, tras de varios intentos y al no tener resultados, fue precisoponer otros dos caballos delante de los amarrados a los muslos, pero ni aun así tuvieron éxito.
En medio de la agonía, los verdugos se juntaron y Damiens les decía que no juraran, que desempeñaran su cometido, que él no los recriminaba, les pedía que rogaran a Dios por él, y recomendaba al párroco de Sant Paul que rezara por él en la primera misa.
Después de dos o tres tentativas, el...
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