Kierkegaard

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TEMOR Y TEMBLOR Sören Kierkegaard
Las tres religiones monoteístas aclaman a Abraham como Padre en la Fe. Él encarna al hombre de fe. Y no sin razón. Creyó a Dios cuando, siendo él de edad avanzada y su mujer estéril, le prometió una numerosa descendencia. Mantuvo su fe en El, contra toda esperanza, cuando los años pasaban y su ya anciana mujer no concebía el hijo prometido. Todos se daban cuentade que, sencillamente, era esperar lo imposible. Aquel viejo, cercano ya a la muerte, y sin descendencia, debió ser, con su absurda pretensión, el hazmerreír de familiares, siervos y conocidos, siempre confiado en que, contra toda evidencia, había de ser el padre de un gran pueblo. Sin embargo nació Isaac, hijo tan confiada y largamente esperado, hijo amadísimo. El era la prueba viva de que su feno había sido en vano, y en él se veían confundidos cuantos de Abraham se habían mofado. No había sido vana su esperanza. Y así es como llega el terrible momento en que Dios pide a un Abraham más anciano aún que sacrifique a ese hijo en la cima del monte Moria. Luego de tres días de angustiosa ascensión, en que que Isaac una vez y otra pregunta a su amado padre cual sea la víctima del sacrificioque van a ofrecer, llega el momento en que , súbitamente y de modo inesperado, Abraham se abalanza contra su hijo con un cuchillo en la mano y una expresión asesina y feroz en su rostro. No pudo ser de otro modo, observa Kierkegaard. No pudo ser el Abraham relamido, representado por bienintencionados pintores, que alza el cuchillo mirando al cielo con expresión beatífica, tan soporíferamenteelogiado en mil sermones de domingo. No. Para entender la escena del monte Moria tiene que haberle robado a uno muchas noches de sueño. Tuvo que ser cosa de un instante y que la expresión en el rostro de Abraham debió ser necesariamente feroz, porque el hombre de la Fe tuvo que preferir que, en su último momento, su hijo Isaac perdiese la fe en su padre y se encomendase a Dios antes que se encomendasea su padre perdiendo la fe en Dios y blasfemase contra El. Esta renuncia a lo que más quería, a la vez amadísimo hijo y cumplimiento de la esperanza que había alumbrado su vida, es rasgo común que el hombre de fe tiene con el héroe. Hablemos del héroe. El héroe entrega lo que más quiere y hasta se entrega a sí mismo por la colectividad, por su pueblo. Esa renuncia heroica es causa para nosotros dela más profunda admiración. Es el hombre ético por excelencia. Fue quizá una vez hombre estético, en una primera etapa de su vida, todo él disuelto en una vida de placer. Pero alguna circunstancia de la vida , o quizá una primera reflexión de madurez le llevó a un estado de crisis en que sintió que no era ésa la vida a la que estaba llamado, pero ¡renunciar a vida tan placentera! ¡tanto placer enlo finito! Y en aquel terrible dilema conoció la angustia. Si no hubiera obrado con valentía, si hubiera seguido en ese primer estado miserable, seguiría siendo, sí, el hombre estético, pero no ya como el de antes, pues viviría sumido en un estado de desesperación (la desesperación, dice Kierkegaard, es la característica más propia del hombre de nuestro tiempo) Pero fue valiente, y dio el ciego yoscuro salto del trapecista a quien parece va a caer en la oscuridad, en la nada, hasta experimentar la sorpresa de verse acogido en los brazos amables de la paz, de la felicidad, de la alegría. Su premio a la renuncia es la vida ética. Vive conforme al ideal de la humanidad y experimenta el consuelo de la humanidad que lo acoge como suyo. Experimenta un consuelo más espiritual que aquél de losplaceres. Ha conocido el consuelo de lo general.

Porque la ética es lo general. La ética es la norma válida para todos los hombres, y que bien podría resumirse en anteponer el bien general, el bien del pueblo, a la propia persona. Y el pueblo lo reconoce y lo agradece. Y es éste un consuelo muy superior al consuelo de la vida placentera . Y aunque no sea lo ordinario, puede llegar la ocasión...
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