La rosa y la hormigonera

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  • Publicado : 16 de enero de 2012
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LA ROSA DEL PUERTO

La Rosa del Puerto era una más de las muchachas que, cuando el sol comenzaba a caer y en la ciudad se encendían los rayos de neón que alumbraban la soledad ambiciosa de losnoctámbulos, podían ser vistas paseando arriba y abajo ofreciendo su sensualidad mientras apoyaban su cuerpo frío en la enmohecida pared de un negro y sucio edificio. No era extraño ver a hora tempranarondar a los habituales visitantes con la cartera llena de los billetes nuevos ansiosos por caer en otras manos, el blanco de sus ojos enrojecidos gracias a las varias copas escanciadas de la botellaque alguien lleno con el licor de un indolente garrafón de vidrio y sus ropas enjuagadas con el perfume característico del aroma del tabaco mezclándose con los efluvios etílicos. Buscaban,ansiosos, a la preciosa ninfa que les satisfizo la noche anterior o muchas veces, las más, al cándido cuerpo que les donó aquellos minúsculos agentes encargados de martirizar el fundamento y orgullo de suvida.
Sin embargo, la Rosa era más bien de aquellas muchachas que raras veces había tenido un contratiempo como ése y a la que sólo unos pocos clientes tenían el privilegio de perseguir antes deromper la madrugada entre los pliegues casi blanquecinos de las sábanas manchadas por la faena de una de sus compañeras que había iniciado antes sus labor social.
El trabajo era pesado y algunos días sele hacían tan largos que estaba a punto de echarlo todo a rodar. Durante tres años había estado soportando la misma pesadilla, casi siempre los mismos babosos gimiendo de placer junto a su oído y lasmismas falsas conversaciones sin ningún sentido. Pero no podía dejar ninguna noche su esquina, aunque algún perro callejero hubiese decidido decorarla con la marca urea de su vientre. No sabía bienque le impulsaba más a regresar allí, siempre a las nueve, si el miedo a ir perdiendo sus asiduos o el temor a ganarse la paliza de su avispado protector, ebrio en vino y en deseos de recibir su...
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