Las banderas en las torres

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Banderas en las torres
A. S. Makarenko

Edición: Editorial Progreso, Moscú s/f. Lengua: Castellano. Digitalización: Koba. Distribución: http://bolchetvo.blogspot.com/

BA DERAS E LAS TORRES.

PRIMERA PARTE. 1. Un hombre se conoce a primera vista. Comenzó esta historia a fines del primer plan quinquenal. El invierno había dejado en el suelo costras de hielo protegidas de los rayos del solpor briznas de paja y capas de barro y de estiércol. En la plaza de la estación se calentaban al sol los desgastados adoquines, entre los que la tierra se iba secando, y las ruedas, al pasar, levantaban ya olas de polvo. En mitad de la plaza se veía un abandonado jardincillo, cuyos arbustos se revestían de follaje en verano, haciéndole parecer una estampa campestre. Pero aquel día estaba lleno debasura, y las ramas, aún desnudas, temblaban como si, en vez de la primavera, comenzara el otoño. Una carretera adoquinada conducía de la estación a la ciudad. Era una ciudad minúscula, que figuraba en el mapa por mera casualidad. Muchos ni siquiera tendrían noción de ella si no hubieran tenido que hacer trasbordo en el empalme que lleva su nombre. Se alzaban en la plaza unos cuantos quioscoslevantados a comienzos de la NEP. A un lado se hallaba la estafeta de Correos, cuya puerta ostentaba un llamativo rótulo amarillo. Cerca se aburrían, entre las varas de unos desvencijados coches de alquiler, dos jamelgos provincianos. El tráfico no era muy animado en la plaza. Pasaban, principalmente, ferroviarios con faroles, con rollos de cuerda y con maletines de madera chapada. Sentados en hilerajunto a la pared de la estación, unos campesinos futuros viajeros- tomaban el sol. A cierta distancia se había acomodado, con su caja de limpiabotas, Vania Gálchenko, chicuelo de unos doce años. Solo, triste, entornaba los ojos, mirando al sol. La ligera caja había sido hecha de pedazos de tablas, seguramente por el propio Vania, cuya provisión de betún era, por cierto, bastante escasa. El rostrode Vania era pálido y limpio. Su traje ofrecía aún bastante buen aspecto. Pero el rostro y el traje denotaban ya el comienzo de un desorden que, andando el tiempo, repelería al público decente en la calle y ejercería sobre él un influjo irresistible desde el escenario o desde las páginas de un libro. El proceso de abandono byroniano apenas si había comenzado a operarse en Vania: hasta poco anteshabía sido uno de esos seres a quienes se llamaba

sencillamente "buenos chicos". De detrás del jardincillo apareció, describiendo una curva rápida y enérgica, un jovenzuelo del lugar, con las manos bizarramente metidas en los bolsillos de la chaqueta y un humeante cigarrillo en un ángulo de la boca. Se aproximó a Vania, levantó una pernera de su flamante pantalón, colocó el pie sobre la caja ypreguntó, sin despegar casi los dientes: - ¿Tienes betún de color? Vania levantó los ojos asustado y requirió los cepillos, pero decayó al punto y respondió entre desconcertado y triste: - ¿De color? No, no tengo. El joven, descontento, retiró el pie y volvió a meterse las manos en los bolsillos, mordiendo despectivamente su emboquillado. - ¿No tienes? Entonces, ¿qué haces aquí? Vania respondió,encogiéndose de hombros: - Tengo negro... El mozuelo dio colérico un puntapié a la caja y dijo con voz chirriante: - ¡Vaya un limpiabotas! ¡Negro! ¿Tienes permiso para limpiar? Vania se inclinó sobre el cajón, recogió, presuroso, sus bártulos y miró al joven. Se disponía ya a disculparse, cuando vio una nueva cara a espaldas del joven. Pertenecía a un mozalbete de unos dieciséis años, flaco,larguirucho, de boca grande y socarrona y ojos alegres. Vestía un traje viejo, pero traje en fin de cuentas, si bien es verdad que no llevaba camisa y por ello se había abotonado la chaqueta y subido el cuello. Se cubría con una gorra clara, a cuadros. - Cédame el sitio, señor; a mí me da igual que sea negro... El primer cliente no hizo caso al nuevo personaje y prosiguió con cargante insistencia: -...
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