Le romancier clandestin

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  • Publicado : 8 de marzo de 2011
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Poseía el don insólito, que también tenían Sartre y Camus, de entrelazar en su verbo cuatro o cinco sentidos a la vez, que explotaban como bengalas, dejando resonancias interminables en la mente dellector. Dominaba el arte de la frase seca, crepitante, que actúa a través de elipsis fulgurantes y dramatiza de manera magnífica la materia tratada. Desde entonces, ¿hemos visto jamás tal manejo delos textos, de la respiración de la lengua? Leerlo, escucharlo, siempre era asistir a una “lección de gran estilo”. De ahí su aversión por los estereotipos, que no nos prohíbe nada pero nos obliga ahablar con palabras de la tribu; de ahí su elogio de la literatura como arte de la esquiva, del ardid, que revela bajo el mantillo de las expresiones tópicas potenciales ocultos e inauditos. Emanciparsedel lugar común, del peso inmenso de las estructuras constituía para él el símbolo de nuestra libertad. Por eso, desconfiaba de la política: dominio por excelencia de la histeria, de la repeticióninsaciable, de la estupidez autosatisfecha. Mantuvo siempre una distancia con los paladines de la izquierda oficial, la que llegaría al poder en 1981, cosa que impactaba entonces pero que posiblemente setrataba de una premonición.

Barthes no era aficionada a las lenguas extranjeras: huía como de la peste de la dispersión, de las interferencias, y prefería con mucho afinar aún más el instrumentodel francés. Esta “francidad” exclusiva, esta voluntad de encarnar en su propia persona y en su obra lo que nuestra cultura posee de único ha contribuido por más que cualquier otro aspecto a suproyección internacional. Fue universal aunque estaba admirablemente arraigado a Francia.

Barthes supo eliminar a lo largo de su vida el barthismo en el que querían encasillarlo la cohorte de susdiscípulos y amigos, esa mezcla anticuada de vanguardismo, de semiótica ininteligible, de ilegibilidad reivindicada, que constituía la parte menos convincente de su obra. A este hombre de cortesía y...
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