Madre que estas en los cielos - pablo simonetti

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  • Publicado : 22 de agosto de 2012
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PabloSimoneti Madre que estás en los cielos
A los setenta y siete años, Julia Bartolini descubre que padece una enfermedad mortal. Tomando a todos por sorpresa, decide no recibir el tratamiento que podría postergar unos meses el desenlace: más tarde o más temprano deberá enfrentarse a la muerte de igual manera. En lugar de ello Julia se dedica a rehacer el camino que siguió su vida, examinandocon una mirada a veces fría, a veces intimista, la historia de su familia, en especial la relación con sus hijos, entre quienes aún subsisten las querellas del pasado. Armado de una prosa cuidada y de un sofisticado manejo del lenguaje, Pablo Simonetti nos entrega esta, su primera novela, una historia de amores filiales, rupturas familiares y redención. Un libro conmovedor, una verdadera lección devida.

Salimos de la adolescencia con un modo, con una impronta, con gesto vital. Nuestros actos y deliberaciones no son otra cosa que metamorfosis de este gesto y la culpa posterior que inevitablemente lo acompaña
Julia Bartolini

No deseo pasar por el final que me espera. Los doctores me indicaron un tratamiento de quimioterapias para vivir un par de años en condiciones razonables. La solamención de esa palabra insípida me llenó de molestia. ¿Quién más que yo podía juzgar lo que era "razonable"? Tendida en la aparatosa cama de la clínica, les exigí que precisaran su significado: la sensación en el cuerpo, los efectos secundarios de la terapia, el dolor, la independencia para moverme, cuánto tiempo de conciencia despejada, los principales indicios de la muerte cercana, incluso pedíque me relataran cómo sería el final desde el punto de vista de mis hijos. Durante la misma conversación, indagué acerca del rumbo que tomarían las cosas si no me sometía al tratamiento: cuatro meses sintiéndome bien, con una sensación de cansancio en aumento y episodios de dolor; luego un desarreglo progresivo hasta morir a más tardar dentro de ocho meses.
Lo único placentero de esa entrevistafue observar la tensión en los rostros de los doctores. A cada pregunta, a cada nueva precisión requerida, en sus ojos asomaba una mezcla de rigor científico sujeto a examen con un brote de alarma, de moral escandalizada. No están acostumbrados a que sus 'recomendaciones' sean puestas en entredicho.
¿Por qué fui tan lejos? La explicación es sencilla: mi madre murió de cáncer. Yo la vi morir, cadadía, cada hora, durante lo que se suponía también serían dos razonables años. Nadie puede borrar de mi memoria el dolor en sus ojos enturbiados, ni la confusión de su mente al estar bajo los efectos de la morfina; tampoco nadie logrará hacerme olvidar su humillación cuando no consiguió ir al baño por sí sola. Gracias a Dios, después de cada vejación a su pudor, de cada punzada, de cada pérdida deconciencia, me devolvió la calma con una sonrisa. De ella aprendí que uno también muere para los demás.
Ya sola en la habitación, giré la cabeza hacia un crucifijo de bronce que colgaba junto a la cama. Buscaba consuelo. El símbolo conservó su aspecto ferroso, sin ofrecerme siquiera un destello de su pulimentada superficie como indicio de la presencia de Dios. Desde la primera consulta al doctorintuí que se trataba de algo grave. Su mirada huidiza, el ceño fruncido, las palabras escogidas con exceso de cuidado. Los semblantes de los radiólogos dijeron lo mismo. Durante una ecotomografía, uno de ellos llamó a una improvisada junta médica para que observaran la pantalla. Yo no quise mirar.
Llega el final: sólo esta idea ocupaba mis pensamientos y rebotaba en las paredes del cuartohospitalario esa mañana. Llega el final, me decía, y la reacción a tal noticia era nula. Ni llanto, ni un agobio repentino por haber dejado algún cabo suelto, ni una natural desesperación por extender la vida, por volver a creerme inmortal. Se acaba —me dije—, finito, ya no hay nada que hacer, sólo esperar a que el pulso termine por extinguirse.
Por un capricho de la luz artificial, mi rostro se...
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