No lo se

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  • Publicado : 27 de abril de 2011
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Capítulo 1
El semáforo aún no se había puesto verde en el cruce de la Diecisiete con Broadway cuando un ejército de prepotentes taxis amarillos adelantó rugiendo la diminuta trampa mortal que yo estaba intentando pilotar por las calles de la ciudad. Embrague, gas, cambio (¿de punto muerto a primera o de primera a segunda?), suelta embrague, me repetía mentalmente, mantra que a duras penas mebrindaba consuelo, y no digamos orientación, en medio del chirriante tráfico del mediodía. El cochecito corcoveó salvajemente dos veces antes de salvar el cruce dando bandazos. El corazón me iba a cien. Los bandazos menguaron sin previo aviso y empezamos a ganar velocidad. Mucha velocidad. Bajé la mirada para comprobar que solo iba en segunda, pero en ese momento la parte trasera de un taxi se meapareció tan enorme frente al parabrisas que no tuve más remedio que clavar el pie en el freno con tanto vigor que se me saltó el tacón. ¡Mierda! Otros zapatos de setecientos dólares sacrificados por mi total falta de elegancia en situaciones tensas; el tercer destrozo de esa índole en lo que iba de mes. Cuando el coche se caló, casi me sentí aliviada (como es lógico, al frenar para salvar la vidahabía olvidado apretar el embrague). Dispuse de unos segundos —segundos de paz si hacía caso omiso de los bocinazos coléricos y las diversas versiones de «gilipollas» que me llegaban de todas direcciones— para quitarme mis Manolo destaconados y arrojarlos al asiento del copiloto. No tenía dónde secarme el sudor de las manos salvo en los pantalones Gucci de ante, los cuales «abrazaban» mis muslos ycaderas con tanto entusiasmo que ya había empezado a notar un hormigueo al poco rato de abrocharme el último botón. Los dedos dejaron vetas húmedas en el ante que cubría mis ahora entumecidos muslos. Tratar de conducir este descapotable de 84.000 dólares, con cambio manual, por la plaga de obstáculos que ofrecía el centro de la ciudad a la hora de comer pedía a gritos un cigarrillo.
—¡Joder, tía,muévete! —vociferó un conductor de tez tostada cuyo vello pectoral amenazaba con desbordar la camiseta de tirantes—. ¿Dónde crees que estás? ¿En una puta autoescuela? ¡Quítate de en medio!
Alcé una mano temblorosa para enseñarle el dedo corazón y me concentré en lo que más me interesaba en ese momento: conseguir que la nicotina navegara por mis venas con la máxima rapidez posible. Las manosvolvían a sudarme, hecho confirmado por las cerillas que resbalaban constantemente hasta el suelo. El semáforo se puso verde justo en el momento en que lograba que el fuego hiciera contacto con la punta del cigarrillo, el cual me vi obligada a dejar suspendido entre los labios mientras sorteaba el laberíntico embrague, gas, cambio (¿de punto muerto a primera o de primera a segunda?), suelta embrague yel humo entraba y salía de la boca al ritmo de mi respiración. Tardé tres manzanas en conseguir que el coche circulara con la suficiente suavidad para permitirme retirar el cigarrillo de los labios, pero para entonces ya era demasiado tarde: el largo y precario renglón de ceniza había caído justo encima de la mancha de sudor de mis Gucci de ante. Impresionante. Antes de que pudiera calcular que,contando los Manolo, había destrozado 3.100 dólares de mercancía en menos de tres minutos, mi móvil aulló con estridencia. Y como si la esencia misma de la vida no fuera ya un desastre en ese preciso momento, el identificador de llamadas confirmó mi mayor temor: era Ella. Miranda Priestly. Mi jefa.
—¡An-dre-aaa! ¡An-dre-aaa! ¿Me oyes, An-dre-aaa? —trinó en cuanto abrí la tapa de mi Motorola, proezanada desdeñable teniendo en cuenta que mis manos y pies (descalzos) ya estaban batallando con otras obligaciones.
Me puse el teléfono entre la oreja y el hombro y arrojé por la ventanilla el cigarrillo, el cual estuvo a punto de aterrizar en un mensajero ciclista que escupió algunos «gilipollas» antes de seguir su camino.
—Hola, Miranda. Sí, te oigo perfectamente.
—An-dre-aaa, ¿dónde está...
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