Un día de alguien que no pudo ser futbolista

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Un día de alguien que no pudo ser futbolista
Israel Maldonado

Bramidos de motor y sonoros bocinazos nos apresuró a cerrar las puertas del taxi. Se cayó el clásico desarmador de la ventanilla trasera bajándose un poco el cristal. Pedí una disculpa y aproximé el desarmador al chofer. Estábamos abordo. Mi flamante hermana Verónica, su consentido hijo Leonardo, y yo: un hombre de vago aspecto defutbolista fracasado. Pero eso sí con mi irremediable jorobita estilo Cuauhtémoc Blanco y una playera del rebaño sagrado, de mis clásicas Chivas. Éramos tres pasajeros reposados en asientos desvencijados con nuestra cara reilona, los que nos frotábamos las manos del frío. Mi hermana Verónica se sentó enfrente con su niño, a pesar de que atrás, a mi lado sobraba espacio, ¿no dicen que no se debeuno sentar enfrente con el taxista? Total, ya íbamos trepados. Igual que moscas fruteras a acepción de que teníamos que pagar nuestra debida tarifa al taxista: un joven con cara de caballo cagón, no es broma, parecida a un caballo. Como si fuese un ser intermedio entre la mula y el hombre africano. Pero de rostro bronceado y vigoroso. Tenía más bien un imponente cuerpo atlético y complexiónchilanga. De esos jóvenes que comprender que el gimnasio no se paga sólo, de los que cada vez más abundan manejando en la ciudad capital como si tuvieran siete vidas, pues nos encogíamos a los hoyos del asiento, en cada acelere de dicho conductor; aunque eso sí, iba escuchando atentamente en su estero algo de un atentado, un tiro en la cabeza a un futbolista uruguayo. Las señales de vida de los fierros enocasiones se hacen notar, tal vez nos hemos acostumbrado a sus variadas metamorfosis que han pasado desapercibidos desde tiempos inmemoriales. Total a lo que iba, avanzábamos en un bocho verde con blanco, que en balde; claramente se le escuchaba su quejido de huesos, o tal vez arrastraba alguna defensa, ya no recuerdo bien. Pero sí puedo evocar bien, las palabras de mi hermana con su hijito Leosobre sus piernas, que ayer tenía cuatro años de edad. Aunque, disfrazado de calabaza, se veía bien cargado de años, de colorete. Recuerdo que lo 1

único, que me gusto del taxi desquiciado fue un colgante de tablero; un colgante bien chipocludo, para tantos que gustan del apasionado mundo del fútbol. Llevaba dos igualitos; uno en el tablero trasero y otro bailando macarena en el delantero.Pretendía preguntarle en dónde los compró, pues me encanta el fútbol y esas a esas creativas invenciones que saca la Federación Mexicana cada vez que hablamos de irnos al Mundial, y traernos la copa o al menos un buen lugar. Pero en ese momento pasamos por una avenida en donde hay un bar llamado El Carajo; es creo la avenida de La Hacienda de la Gavia. Y mi sobrino notó, que había un grupo de mujerescon vestidos cortos y bolsas grandes, de esas que llaman la atención por su color y pedrería de fantasía china; iban caminando con sus negras zapatillas Adidas, de cordones tricolores y rayas fosforescentes, dando pasos aturdidos. Parecían despreocupadas, con torpeza de borracha. Andaban por la acera estrecha y sucia a tropezones. Una acera larga que está cerca de la Facultad de Aragón, y hablandocon ademanes bien expresivos, para decir nada más, no aguanto la cabeza. Llevaban sus brazos llenos de unas pulseritas de muchos colores. Abrazaban a los que creo eran sus amigos, o compañeros de clase, para evitar alguna arcada que las pusiera en ridículo ante tanta muchachada de la universidad. La chica más nalgona y mejor vestida a mi parecer; iba pintándose los labios en un espejito decartera, y arreglándose el pelo. Mi sobrino no entendía, –como siempre- de qué se trataba todo el alboroto: de luces, de mantas, de música metálica saliendo por aquellos lugares con puertas angostas y amotinadas por jóvenes y cajas de cerveza a los lados. Y entonces, le pregunta a mi hermana Verónica, con voz bien alta: oye mami pero…pero qué son esas niñas con bolsas chistosas y que caminan así,...
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