Biologia 1

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  • Publicado : 13 de septiembre de 2012
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En un recodo de la vereda, donde el aire se hace remolino, Júa Shotá, el otomí, echó raíces. Entre el peñascal, donde el sol se astilla, el vagabundo hizo alto. Una roca le brindó sombra a su cuerpo, como el valle le ofreció reposo y deleite a su vista. En torno de él, las cañas de maíz crecían si acaso dos cuartas y se mustiaban enfermas de endebleces. El indio fue testigo impávido de laslágrimas y del sudor vertidos sobre la cementera para apagar la sed de los sembradíos y el hambre de los sembradores .Pegado a la roca, aclimatado como los árboles peruleros, viviendo como el maguey, sobre la epidermis de un manto calcáreo, Júa Shotá hacía su vida a un ritmo vegetal. Ofrecía al peregrino una jícara de pulque, en los precisos instantes en que las piernas flaqueaban y la lengua se pegabaal paladar. La gratificación por el servicio era modesta, aunque constante, tanto, que un día del peñasco brotó un techado que era flor del temple, nata del clima. Un techado que se ofrecía todo al caminante, quien nunca soslayaba la satisfacción de permanecer un ratito bajo su sombra. Cuando al fondo del jacal apareció un armazón de maderos atados con cabos de fibra de lechuguilla y sus huecoscubiertos con botellas de etiquetas polícromas: ―limonada‖, ―ferroquina‖, ―frambuesa‖, o con paquetes de cigarros de tabaco bravo o con latas de galletas endurecidas o con mecapales y ayates-utensilios estos últimos indispensables en el ventorro, cuya clientela descargadores y buhoneros los reclamaba—, entonces llegó María Petra, obediente al llamado de Júa Shotá, su marido. Una tarde, de entre lospeñascos, como un hongo, surgió la mujer. Venía fatigada; sobre su frente caían madejas negras de pelo; su cuerpo trasudaba la manta que lo cubría; los pies endurecidos se montaban alternativamente uno sobre otro buscando descanso. Doblegada por el peso de la impedimenta envuelta en un ayate, las tetas campaneaban al aire. La viajera no traía las manos vacías; en ellas jugaba un malacate quetorcía, torcía siempre un cordel que acariciaba pulgar e índice; hilo de ixtle, que es urdimbre y es trama de la vida india. Juá Shotá salió a su encuentro y tuvo para ella palabras de bienvenida. Luego preguntó por algo que no veía; ella, haciendo una mueca, se descargó y del bulto extrajo un atado del que brotaban vagidos. A poco Juá Shotá acariciaba a la hija desmedrada y feúcha María Agrícola .Lamadre, sin osar mirarlos, sonreía.
La grieta donde se encajaba la vereda se fue ensanchando al paso del atajo de años. La venta de Juá Shotá había crecido y cobrado crédito: caminante que pasaba por aquella vía huraña, caminante que detenía su paso en el tenducho para echar al gaznate un trago de aguardiente o para refrescarse con una tinajilla de pulque. Juá Shotá era ya un hombre gordo, deademanes y decir desparpajados. Vestía ropa blanquísima y calzaba huaraches de vaqueta. Para estar a la altura de su nueva condición, había traducido su patronímico, ahora la clientela lo conocía por don Juan Nopal. En cambio, María Petra se agostaba en las duras labores de puerta adentro, en lucha eterna con los pétreos cachivaches que formaban el menaje doméstico .La niña creció entre riscos y abras.Sus carnes cobrizas asomaban por entre los guiñapos que vestía, la cara chata hacía marco a los ojos de cervatilla y su cuerpo elástico combinaba líneas graciosas con rotundeces prietas. María Agrícola vivía aislada del mundo; don Juan Nopal y María Petra, el uno absorbido por las atenciones del ventorro y la otra entregada a los cuidados del hogar, se olvidaban de la rapaza, quien pasaba todo eldía en el campo. Allí corría de peña en peña, mientras llevaba el ganado al abrevadero. Comía tunas y mezquites; reñía con el lobo, espantaba al tigrillo y lapidaba, despreciativa, al pastor su vecino que con sospechosas intenciones trató, más de una vez, de salirle al paso. Cuando la tarde se iba, echaba realada y canturreando una tonadita seguía a su rebaño, para dejarlo seguro en el corral...
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