Cazadores de microbios

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viejo, sin lograr descubrir un ser más pequeño que el acaro de queso, más ésta su extravagancia aparente sereveló más tarde como preparación para aquel día imprevisto en que observó a través de su lente de juguetemontada en oro, una pequeña gota de límpida agua de lluvia, ¿y a quien sino a un hombre tan extraordinariose le habría ocurrido dirigir su lente hacia un objeto tan poco interesante: unade los millones de gotas de aguaque caen del cielo? Su hija María (de 19 años y que cuidaba cariñosamente a su padre, un tanto tocado)− Mira a través de su lente y murmura entre dientes unas palabras... y de pronto se oye la excitada voz deLeewenhoek: ¡ven aquí! ¡Date prisa! ¡En el agua de lluvia unos bichitos!... ¡nadan! ¡Dan vueltas! ¡Son milveces más pequeños que cualquiera de los bichos quepodemos ver a simple vista!... ¡mira lo que hedescubierto! Había llegado el gran día para Leewenhoek.Este es el mundo fantástico, fabuloso al que Leewenhoek, entre todos los hombres de todos los países fue elprimero en asomarse. Grande fue ese día para Leewenhoek.Leewenhoek era un hombre muy desconfiado. Aquellos animalitos eran enormemente pequeños y demasiadoextraños para tener existencia real, ypor esta razón volvió a observarlos, de nuevo vio a aquellos seres, nosolo una sola especie, sino otra más grande que la primera, moviéndose con gran agilidad, porque tenía variospies increíblemente sutiles. Descubrió una tercera especie y una cuarta, tan pecunia que no acertó a discernirsu forma. Pero está viva. ¡Se mueve, recorre grandes distancias en este mundo de una gota de agua! ¡Quéseresmás listos!, así los describió Leeuwenhoek.Le pareció absurdo el que aquellos animalillos cayeran con la lluvia del cielo. ¡Seguramente que Dios nopodía hacer surgir de la nada a los animalillos que había encontrado en el tiesto! Pero, ¿cómo resolver esteproblema? Él experimento, estaba lloviendo y lavo cuidadosamente un vaso, lo enjugó y lo puso debajo deltubo de bajada del canalón del tejado ycorrió a examinarla al microscopio... ¡Sí! Allí estaban, nadando, unoscuantos bichejos..., pero en realidad esto no probaba nada, podía ser que vivieran en el canalón y hubieransido arrastrados por el agua... Entonces tomo un gran plato, lo lavo con todo esmero y saliendo al jardín locolocó encima de una gran cajón, para evitar que las gotas de lluvia salpicaran barro dentro del plato, despuésrecogióunas gotas en uno de sus delgados tubitos y regresó a su laboratorio Lo he demostrado. Esta agua notiene ni un solo bicho. ¡No vienen del cielo!, tratando de ver más de cerca, intentando encontrar la razón de lascosas. ¿Por qué tiene sabor picante la pimienta? Tal fue la pregunta que se formuló un buen día, y ésta fue suconjetura: En las partículas de pimienta debe haber pinchitos, que son losque pican en la lengua al comerla¿Pero existirán tales pinchitos?En vista de ello, la Real Sociedad encargo a Tober Hooke y Nehemiah Grew que construyeron los mejoresmicroscopios de que fueran capaces, y que preparasen agua de pimienta con la mejor calidad de pimientanegra. El 15 de noviembre de 1977 llegó Hooke a la reunión con su microscopio y presa de gran excitación,porque Antonio Van Leewenhoekno había mentido. ¡Allí estaban los bichejos fabulosos, un mundoencantado! Los miembros se levantaron de sus asientos y se apiñonaron en torno al microscopio; miraron yexclamaron: ¡Ese hombre debe ser un observador mágico!... ¡Día grande para Leeuwenhoek! Más lacontestación de Leeuwenhoek fue: Os serviré fielmente durante el resto de mi vida. Y cumplió su palabra,porque hasta la muerte, ocurridaa los 91 años, siguió enviándoles aquellas cartas, mezclas de charla familiar yde ciencia. ¡Pero enviar un microscopio! Lo sentía mucho, pero le era imposible mientras viviera.Malyneus ofreció a Leeuwenhoek un precio generoso por uno de sus microscopios. Seguramente podríadesprenderse de uno, ya que tenía cientos de ellos, ¡Pues no! Pasaron los años, se volvió más brusco ydesconfiado, se pasaba...
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