Dominio mental

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  • Publicado : 20 de enero de 2012
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El deseo de controlar a las personas totalmente es muy antiguo y cualquier dictadura, democracia, régimen autoritario o monarquía despótica siempre han tratado de que sus ciudadanos o súbditostengan las mismas ideas y actitudes, especialmente hacia sus dirigentes. Para esto se ha utilizado desde muy antiguo la propaganda1 y la represión de cabecillas u organizaciones. Pero estas acciones nopueden acabar con las ideas díscolas en la totalidad de la población, pese a que sí consiguen evitar que se manifiesten abiertamente, al menos durante algún tiempo.
Para lograr acabar con las ideas dealgunas personas concretas se ha recurrido a la tortura que en muchas ocasiones se limitaba a extraer confesiones (fuesen veraces o no) como en el caso de la Inquisición; pero distintasorganizaciones represoras, como la CHEKA de la Revolución rusa, descubrieron que con técnicas desorientadoras, frío, mala alimentación y presión constante podía implantar en sus torturados la idea que quisieranpara que después declararan esa idea implantada ante jueces y tribunales, por ejemplo. En esto los soviéticos se convirtieron en auténticos expertos e incluso fue denunciado por AmnistíaInternacional en informes sobre la utilización de la medicina para la tortura2 entre otros, así como en una publicación específica sobre la medicina en la URSS.3 A todas estas técnicas se las suele englobardentro del término lavado de cerebro.
El problema del lavado de cerebro estribaba en que cuando cesaba la violencia, el miedo o la presencia de la persona que amenaza, las ideas implantadas tambiéndesaparecía y son sustituidas por las iniciales con rapidez.
Por tanto, desde el mismo momento casi que comenzó la tortura como método de represión, se percibió la poca vigencia de esta técnica y lanecesidad de conseguir otras más persistentes en el tiempo. Por otra parte la tortura produce graves secuelas psicológicas en el torturador, empezando por el rechazo social que sufrían los verdugos...
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