El rascacielos

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EL RASCACIELOS

Lisbeth y yo nos hallábamos en la austera recepción del hospital, recargados el uno en el otro, esperando que llegara la psicóloga social.

Pude haber arrancado a las enfermeras las noticias que me ocultaban, pero seencerraron en la oficina y no salieron sino hasta haber calculado que mis ánimos se habían tranquilizado.

“Además -racionalicé-, es una hora muy impropia para visitar a Alma, dondequiera que esté."

El taxista entró furioso a preguntar si seiban o no a requerir sus servicios. Me puse de pie para disculparme y extraje un billete de la cartera que le extendí como pago por su espera. El hombre me lo arrebató y se retiró sin dar las gracias.

Volví a sentarme junto a mi esposa y cerré los ojos tratando de calmarme. Pensé en muchos temas buscando distracción: lapróxima ceremonia inaugural de mi empresa, lo extraño del viaje que habíamos realizado, la forma en que Lisbeth y yo nos reencontramos.

Sin querer, mis pensamientos se detuvieron ahí.

Ella tenía treinta y dos años; yo treinta y tres.Lisbeth había sido postulada para recibir un premio por su labor realizada como directora del “Centro de Protección para la Mujer". Era una psicóloga con posgrados relacionados con la motivación de la conducta humana. Yo formaba parte del comité que otorgaba los galardones. Estaba sentado en la mesa de honor cuando elmaestro de ceremonias llamó a Lisbeth. El público aplaudió. Una espigada mujer de aspecto elegante subió a recibir su premio al estrado. Apenas se acercó, tuve la certeza de haberla visto antes, de saber quién era. Incluso, aunque mi mente perezosa y torpe tardó en acordarse, mi corazón reaccionó de inmediato, saltó y empezó a latir cual si se hallase frente a la mujer en la que había soñado por añosaguardando pacientemente la hora de volverla a ver: ¿Es ella? Cuestionaba mi intelectualidad incrédula. No. No puede ser... Ha pasado tanto tiempo... Personalmente le di el diploma y la felicité con un apretón de mano. Luego pasó al atril para dar un breve discurso de agradecimiento. Su forma de inclinarse frente al micrófono, su forma de mirar a la audiencia con ternura y autoridad, su vozpausada y clara, su sinceridad y su magnetismo, no me dejaron duda. Había sido mucho tiempo de pensar en aquella joven del testimonio, de fantasear con lo que le diría si volvía a verla... Mis manos temblaban al contemplarla.

El público le aplaudió. Lisbeth descendió del estrado y yo me puse de pie, disculpándome, parabajar por el otro lado del escenario discretamente.

El congreso de “valores" estaba tocando a su fin. Yo era director de la Asociación Nacional de Empresarios Jóvenes y se me había delegado el discurso de clausura. Sólo tenía tres o cuatro minutos. Le pedí a una edecán que llamara a la recién galardonada.-¿Te acuerdas de mí? -le pregunté sin muchos rodeos en cuanto llegó acompañada por la auxiliar.

-No -contestó con el ceño ligeramente fruncido.

-Tú fuiste burlada y...
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