Ensayo literario

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Roma: Amor (invisible)
Cuentan que un turista japonés, tras ahorrar toda la vida para viajar a Roma, se pasó de estación al llegar a la ciudad eterna: no la había visto. O, más bien, por buscarle un punto perverso a esta anécdota apócrifa, lo único que vio fue el cielo azul en el óculo del Panteón. Les pasa a muchos: años y años soñando con acudir en peregrinación a Roma, y cuando llegan se dancuenta de que el motivo real de su viaje no era otro que ver ese trozo recortado de firmamento. Como si la ciudad santa fuera en realidad un rosetón gigante de unos dos kilómetros alrededor de ese vacío que apenas tiene veinte metros de diámetro; como si el aire fuese lo único visible y la ciudad hubiera sido erigida con el único fin de celebrarlo. Como si lo nuestro, Roma, diría el nipón, trastoda una vida de sacrificio, fuera un amor imposible. Imposible quizá no, le respondería coqueta la ciudad, sólo invisible.
Y si hablar de Roma, incluso en su etapa pre-cristiana, pagana, es hablar de arte barroco, el título de estas líneas podría ser algo así como “Barroco y visibilidad”; o, rizando un poco más el rizo, trocando la y griega en i latina, haciendo de la voluta unvértigo, “Barroco: invisibilidad”. Una muestra: el recargado frente de San Carlo a la Quattro Fontane pasa desapercibido pese al subrayado de las formas. Como si lo más visible no fuese siempre lo que llama más la atención; o lo que llamase la atención no fuera siempre lo visible. Es todo cuestión, en definitiva, de saber ver. Y el hecho de que una fachada como esta pueda pasar desapercibida no deja dedignificar su olimpismo formal. Algo que sólo podría ocurrir en Roma, donde la irregularidad es pura función que se adapta al espacio disponible, igual que las plantas más exuberantes a veces crecen en un adarme de sombra. Hay, nuevamente, que saber ver. Por ello, cuando lo que está en juego es algo tan arriesgado como el tráfico, se cuelgan los semáforos del aire, de ese óculo entre las cuatroesquinas, las cuatro fuentes, por el que se cuela el cielo ya teñido de bronce del atardecer. Porque como al japonés errante, al romano motorizado, y valga la redundancia, para que las vea, hay que ponerle las cosas importantes en medio del vacío. Si hay que saber ver, ayuda tener algún indicio sobre dónde al menos dirigir la mirada.
Y la palabra: Borromeo, Borromini, Bernini, Barroco,visible. La bilabial oclusiva sorda podría ser el símbolo fonético por excelencia del setecientos romano. Hay que saber ver, hay que decir b. B de bivalvo, por ejemplo, una de las muchas formas caprichosas que se podrían abstraer entre los repujados que cubren ad nauseam bóvedas y muros, un festival de abigarramiento morfológico que, claro, ya puso en práctica la naturaleza. La morfologíatrascendental, término atribuible a Goethe pero de uso antes y después de él, esa polivalencia de la naturaleza para que un número finito de formas dé de si una variedad casi infinita de maneras de manifestarse la vida, permitió que fueran elípticas tanto la hoja de aguacate, como la oreja de los búfalos, o la misma lágrima. Tanto el ojo como el mejillón: un espacio abisagrado que se abre muy poco paracerrarse inmediatamente y casi se diría que para siempre; un espacio bi-sagrado, doblemente sagrado. Bernini y Borromini, visible e invisible.
Dada la invisibilidad, el ver se acaba pareciendo mucho a una revelación, y sorprende el toparse con algo efectivamente visible. Tras el pecado original del Renacimiento —emitir juicios de valor sobre la realidad, pretender dominarla, atreverse a dudar desu existencia—, el Barroco asume la práctica del arte con un poso de culpa: intenta taparse los ojos, tapar lo que ven los ojos, recubrir toda superficie hasta el abigarramiento con tal de que la mirada no detecte, no abstraiga, nada en la multiplicidad de las formas. Así se ven los caravaggios: entre los claroscuros, los tenebrismos, las luces y sus sombras, aparece ese brillo culpable, delator...
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