Entre canas, chocolate y chisme

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Entre canas, chocolate y chisme

Por Maria Alejandra Londoño Rodríguez

Parado en la esquina de Junín con La Playa, desde las ocho y quince de esa mañana, Don German Zea mira a través de sus ya acabadas gafas, como pasan frente a él otros ancianos sin presura y de vez en cuando uno que otro joven.

La mujer que vende los tintos pasa cada diez minutos con sus termos y el señor que vende cdspiratas ofrece todo tipo de conferencias y películas que ni siquiera se han estrenado en cine. Sus gritos de “si hay tinto” y “le tengo cualquier conferencia del Padre Gallo”, se confunden en la cabeza del señor Zea, que sin moverse recuerda la Junín de hace 50 años, en donde la elegancia y distinción se alejaban de este nuevo panorama de comercio y “alaridos de plaza de mercado”.

Ya no vepasar los distinguidos hombres con elegantes sombreros y las hermosas damas que estrenaban traje solo para pasar por esta calle. Ya los recién casados no vienen a obtener su primera fotografía. Ahora ve alguno que otro contemporáneo, que tal vez con la misma nostalgia que él, se sienta en las bancas de madera, algunas veces a ver pasar gente con la esperanza de ver un refinado paraguas o jóvenes declase, “juniniando”.

De vez en cuando chequea su reloj con dificultad, y sigue mirando como incluso borrachos e indigentes pasan recordándole que los hombres que usaban costosas colonias ya no se dirigen a alguna librería o cara joyería de aquellas épocas, ellos, como él, solo esperan. A esa hora solamente los cubículos de flores y alguna que otra cafetería están abiertas. El olor a empanadafrita, que viene de Tragadero, y el de borracho sin bañarse impregnados en el piso, parecen ya no fastidiarlo, se volvieron parte de su vida, de su rutina.

Desde que se jubiló, Don German viene tres veces por semana a la misma hora a encontrarse con sus amigos, que llegan cuando abren su lugar de encuentro, El Astor. Mientras espera que sea la hora, lee un aviso que dice “Centro Comercial Unión”,y vuelve a recorrer en su mente esa calle donde los hombres de las mejores familias se reunían en El Club Unión.

Después de cuarenta minutos de espera, aumentan las ansias para entrar al único lugar que sobrevive en el tiempo, y por fin encontrarse con sus compañeros.

Se abren las puertas

El reloj de Don Germán marca las nueve, el ruido metálico de las rejas interrumpe los gritos de lamujer de los tintos, del hombre de los discos y del anciano de la lotería que se sumó al comercio fuera del Astor.

A paso lento y ayudado por su bastón, entra el señor Zea con otros dos ancianos. Cada uno camina hacia una mesa diferente, pero la misma desde hace más de 20 años.

Al entrar el olor a café se confunde con el olor a pastel y chocolate. El salón de té, como lo es desde sufundación en 1930, es amplio. Junto a la entrada y del lado derecho hay una doble fila de mesas que se extiende unos siete metros. Después está la caja registradora, los cubículos y más mesas sin orden específico.

Don Germán se hace en la segunda mesa del lado de la pared, debajo de las fotos de Medellín y de la antigua Junín. Detrás de él viene Don José Abel Jiménez, un señor alto y con pocas canas,aunque bastante entrado en años, sus arrugas ya logran apagarle bastante los ojos. Así como ellos, otros más entran a ocupar sus respectivas mesas y así es como el salón de té se empieza a llenar en su primera parte de “los mismo viejitos de toda la vida”.

Las mesas parecen tener nombre propio, la dinámica del Astor se siente previamente determinada. Las mujeres mayores llegan solas y se hacenen el fondo. Los hombres ancianos por grupos y enfrente. Dos meseras para el fondo. Dos meseras para el frente. Una en la caja registradora. La más anciana en el mostrador. Todo se desarrolla normalmente hasta que llega el extraño, el que se sienta con su novia o el que llega a desayunar o tal vez por negocios. La cocola o el jugo de mandarina rompen la rutina, irrumpen en la cotidianidad de...
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