Escenas de la vida filosófica

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«La vida es el deseo y los problemas.»En Simple Men,película de Hal Hartley

¿Adquirirá la Ilustración fama postuma, digamos en trescientos o cuatro-cientos años, cuando la tan temida racionalidad científico-técnica sea valo-rada retrospectivamente como algo, después de todo, no tan grave? ¿o seanulará toda distancia crítica de modo que ya no habrá un «pensar» que sepiense a sí mismo? Elfuturo, sin duda, es incierto, lo que no impide queimportantes sectores del ámbito cultural que definen el rico Occidentedemocrático hayan decretado la defunción de la otrora estimada moderni-dad. Se nos advierte una y otra vez (al menos a aquellos en disposición deser advertidos) de la inminente catástrofe que acaecerá, o que ya está aca-eciendo, al desleído sujeto que surgió en la Europa del sigloXVIII. Todoparece haber pasado ya, y estas ilusiones perdidas, sumadas a la vocacióngeneralizada de finiquito, han generado, al menos, un inquietante vocablo:postismo. Entre las palabras que abrevan en este ingenio, es la así llamadaposmodernidad la que mejor resume sus intenciones. Y puesto que cadaépoca debe tomarse en serio los vocablos que la definen, lo que se insinua-ba como una moda querebasaba los reductos académicos para iluminaruna(s) nueva(s) visión(es) sobre el mundo, forma ya parte de una habitualnarrativa que, inevitablemente, habrá que señalar como posmoderna. Lahumildad del término, que incluye en sí mismo aquello que ha quedadoatrás pero sin garantías de hegelianas superaciones, es engañosa. La abun-dante producción teórica al respecto y el dominio que esa producciónhalogrado en campos tan diversos como, por citar, la teoría literaria y las cien-cias empíricas (sí, también se habla de posciencia invocando fractales, teo-rías del caos y otros asuntos), han cuestionado la percepción del corpusepistemológico tradicional y sus consecuencias, esto es, su caducidad.Frente a esta liquidación intelectual del pasado y un presente de exiguofuturo, el discurso ético, burgués yseguro de sí, construido alrededor deincólumes valores, ha cedido terreno al campo de la estética, una estéticaresbaladiza y aparentemente vacía de ideologías al uso que no hay que situar
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8demasiado lejos de cierta concepción del poder (curiosamente, no se hablade pospoder), habida cuenta de que, a diferencia de las teorías modernas ysus, dicen, obsoletas grandes narrativas, no seplantea ningún cambio signi-ficativo que permita sostener aquel viejo y querido término, emancipación,que creció bajo las luchas sociales que generó el naciente capitalismo y delas cuales, al menos en parte, se han beneficiado amplios sectores del Occi-dente desarrollado. La natural percepción trágica y a menudo teñida de pre-moniciones fatalistas de la producción intelectual de esta parte delmundo(como si el horror fuera una exclusividad de la época), ha pergeñado unentramado discursivo que, bajo el rótulo posmoderno, nos invita a deleitar-nos sobre la cubierta del Titanic una vez comprobado que contra semejanteiceberg nada es posible. Un iceberg proteico y omnipresente que ha adqui-rido las características de un capitalismo totalizador que ocupa espacios depoder que alcanzan la propiaconstitución de la conciencia contemporánea.Aquí, uno de los vocablos importantes es contextualización, de modoque, ante el infortunio de una Razón que no garantiza la feliz marcha de laHistoria, debemos devaluar esas grandes palabras con humildes minúscu-las y dar cuenta de los hechos (cualesquiera hechos) partiendo de sus pecu-liarismos, sean estos de género, étnicos, culturales, etc. Así, en tantolecto-res cultos, debemos familiarizarnos con palabras como pluralismo,minorías, fractura (que no articulación, vocablo de éxito absoluto en ladécada del setenta, que alcanzó hasta mediados de los ochenta, donde todacosa era articulable o estaba por articularse; por lo que parece natural queante tanta manipulación se haya terminado en fractura), diferencias (o dif-férance, si uno lee en el francés...
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