Fiesta y poder en el caribe

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  • Publicado : 11 de febrero de 2012
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Fiesta y poder en el Caribe
Notas a propósito de los análisis de Ángel Quintero.



Cimarrón que soy, también lo son mis identidades, felizmente, nómadas, haciéndose todo el tiempo a los tiempos de este tiempo. De todas ellas, boricua es una de las más entrañadas. Y como cada una, es un aprendizaje que no tiene, felizmente también, cuándo, ni porqué, terminar. Después de todo boricua es,además, una manera caribe, un mundo que nunca termina de hacerse. Y aunque son muchas mis razones, mis motivos y mis necesidades (¿o debí enumerar al revés?) en este compromiso, esta vez quiero insistir sólo en dos de ellas, porque les debo la nueva partida y el nuevo horizonte que andan conmigo en el filo del camino.
Ángel Quintero Rivera contó en ¡Salsa, sabor y control!, el espléndido libroque originó estas notas , la formidable experiencia personal que para mí llegó a ser refundirme entre la multitud de miles de “negros/as” que marchaban y cantaban en el entierro de Rafael Cortijo en 1982. Por primera vez podía sentir directamente lo que había sido apenas una sospecha prolongada durante casi tres décadas, y que llevaba conmigo desde que en los archivos peruanos preguntaba a losdocumentos coloniales cómo hacían los esclavos “negros” para continuar viviendo, torturados, humillados y ofendidos, sin tregua y sin tasa. La sospecha comenzó escuchando la música que en el Perú de los cincuenta era llamada afrocubana. Se afianzó escuchando la música “negra” de Estados Unidos, al mismo tiempo que estudiaba las relaciones entre “blancos” y “negros” en ese país (entre comillas, para queno se pierda la colonialidad de esos términos, habitantes oscuros del poder capitalista en todo el mundo). En el cortejo funerario del gran músico boricua comencé a entender lo que diría, no mucho después, en una de mis conferencias de la Universidad de Río Piedras: que el ritmo contra el sufrimiento era el más poderoso descubrimiento de los “negros” en América, la puerta a la otra margen.
Comotodos los cimarrones de este mundo, sabía –es un decir– que hay una relación entre música y sociedad/cultura. O como mejor dice Jacques Attali (1977), que “la música es la banda sonora de la sociedad”. Pero hasta entonces mi saber no había dejado de ser intelectual y no me había permitido entrar entero, corporalmente, al escondido espacio donde el poder y las gentes se juegan la vida cada día.Porque el ritmo era, exactamente, eso: un espacio-tiempo de confrontación entre el poder y la corporeidad.
Desde entonces, en el curso de mis muchas estancias boricuas, mientras me hacía familiar con los sonidos de todos los caribes de América, fue terminando de limpiarse en mí la idea de corporeidad, liberada, por fin, de la vieja prisión eurocentrista de la dualidad cuerpo-alma,materia-espíritu, razón-emoción. Saliendo de esa cárcel de larga duración, la corporeidad emergía radiosa como sede y modo de ser humano en este mundo y ponía al desnudo su relación con el poder. Porque es el cuerpo el que es explotado, usado y consumido en el trabajo. Es el cuerpo el que es mal nutrido, torturado, aprisionado. Porque es al cuerpo al que señalan los “conceptos” de trabajo, de género, de raza,desde América las tres vigas maestras del patrón capitalista de poder mundial, colonial/moderno. Pero cuerpo es también la sede y el destino del placer, de todo placer, y del dolor, de todo dolor. Y las relaciones de comunicaciones, de solidaridad, de alegría colectiva y de gozo individual, parten del cuerpo o se dirigen hacia él. El cuerpo es toda la persona, su sede y su horizonte. Así también pudellegar hasta el fondo de mis viejas sospechas: de que de las tres vertientes centrales que nutren la nueva utopía americana, ésta es la que carga su más poderosa savia.
Pasados los tiempos de la esclavitud, el ritmo pudo ser también liberado. El espacio-tiempo de la corporeidad era mayor. Sin dejar de sostenerse contra la dominación/explotación/discriminación, el ritmo pudo ser dedicado más y...
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