Fragmento, el espejo en el espejo

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  • Publicado : 26 de agosto de 2010
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Es una habitación y al mismo tiempo un desierto. Las paredes desnudas se alzan lejanas y brumosas en el horizonte. Alrededor nada más que arena, montículo, interminable en todas las direcciones. Arriba en el cenit cuelga un sol candente, ¿o es una lámpara con una pantalla de esmalte azulado? La deslumbrante luz mata todos los colores, deja sólo superficies blancas y sombras negras: el esqueletode la luz, cegador, insoportable, mortífero, el maligno brillo de un aparato de soldar cósmico.

La habitación tiene dos puertas gigantescas, colocadas en la incandescencia azul del cielo, una al Norte y otra al Sur sobre el horizonte tembloroso.

De la puerta septentrional, una huella serpenteante de pequeños cráteres de arena conduce hacia el desierto. Allí avanza un hombre pequeño como unahormiga. A cada paso se hunde hasta los tobillos, se tambalea, rema con los brazos.

Es el novio.

Su rostro está quemado por el sol, la piel resquebrajada y llena de ampollas, los labios blancos de saliva seca. Pelo incoloro, pálido, rodea su cabeza revuelto y tieso como si fueses de paja. Sus gafas, que se resbalan constantemente por la nariz sudorosa, las empuja una y otra vez a su sitio consorda paciencia. En la mano izquierda balancea un viejo sombrero de copa abollado. El chaqué de la boda que lleva puesto quizás le sentaba bien en otros tiempos, pero ahora le está demasiado grande, los faldones le cuelgan hasta los talones. La tela está raída y se deshace por algunas partes. La camisa se ha salido del pantalón, pues éste también está demasiado amplio y tiene que subírselo a cadatres pasos. Un pie va metido en un zapato de charol cuya suela se desprende, el otro pie va envuelto en un pañuelo sucio para protegerle al menos un poco de la arena abrasadora.

Unos veinte metros por delante de este hombre marcha otro, un funcionario quizás: ropa extremadamente correcta, traje oscuro, sombrero oscuro, carpeta en una mano, en la otra un paraguas tersamente enrollado. Su rostroes un poco pálido y no tiene ningún rasgo distintivo, está como borrado.

La distancia entre ambos caminantes aumenta lenta pero constantemente. El novio se apresura, jadea luchando por respirar, se cae, se levanta, sigue su marcha dando tumbos, vuelve a caerse.

-¡Oiga, por favor! -grita, y su voz suena aguda y agotada como la de una vieja- ¡Espéreme! Quisiera preguntarle una cosa.

Elhombre sin rostro ha oído perfectamente la llamada, pero sigue caminando un buen trecho todavía, antes de detenerse y volverse suspirando como si se tratase de los lloriqueos de un niño maleducado que trata por enésima vez de retenerle con algún pretexto. Apoyado con desgana en su paraguas, contempla cómo el novio trepa penosamente la duna sobre la que él se encuentra.

-¡Haga el favor de darseprisa! -dice con frialdad-. ¿Qué quiere ahora?

-Dígame -jadea el novio pensando visiblemente lo que quería preguntar en realidad-, dígame, por favor, ¿queda mucho todavía?

Al hablar se despegan sus labios hinchados con dificultad.

-Nada más que unos pasos -contesta el otro, tan correcto como antes-, hasta aquella puerta.

Al mismo tiempo señala con el paraguas la puerta al sur. Hace ademánde volverse para seguir caminando, pero el novio le sujeta.

-Perdone -logra articular con esfuerzo-, ¿a dónde, en este momento lo he olvidado, a dónde vamos en realidad?

-A reunirnos con su novia, señor mío -explica el otro y se nota que ya ha tenido que dar esa respuesta a menudo. Recalca cada sílaba y habla en voz alta como si se dirigiese a un sordo o a un tonto-. Le llevo a lahabitación de su novia.

El novio le mira un rato fijamente con la boca abierta, luego se da con la mano en la frente y se ríe precipitadamente, como si quisiera disculparse. Esboza una sonrisa mientras dice:

-Cuando hayamos llegado a su casa todo estará en orden, ¿verdad? ¿No me pondrá peros, sólo porque ya no estoy tan bien vestido? Es todo por ella, supongo que lo comprenderá. Lo que he padecido...
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