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Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, de Francisco Segovia México, de Santiago Levy
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Ensayos sobre el desarrollo económico y social de
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Estado del tiempo,de Jorge Ortega
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La fábula de Amatlán, de Julio Derbez
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La piel muerta, de David Miklos

La historia del buen viejo y la bella muchacha, de Italo Svevo

LiBROS
MEMORIAS

Norman Manea, el eterno extranjeroproducido: algo funesto que él había transformado en altísima literatura. Mi comportamiento deferente comenzó a desaparecer durante las clases. Norman introducía el tema del día y después me dejaba hablar libremente, tomando apuntes rápidos, y sólo al término de la clase puntualizaba, sacaba conclusiones y propiciaba la discusión, que gracias a su carácter afable se traducía en una conversacióncordial con los estudiantes. No sé exactamente en qué momento nuestra relación formal se convirtió en amistad, que sin embargo entonces no me atrevía a declararle. Tal vez durante ciertas noches en que iba a cenar con nosotros, a comer pasta italiana en esa casa demasiado grande en medio del bosque que el College había puesto a mi disposición. Quizá fue una tarde de otoño, cuando me pidió que loacompañara a visitar a tres señoras a las que, dijo, “quería mucho”. Lo seguí. En el parque del campus hay un cementerio minúsculo en donde se sepulta a los profesores que han vivido y fallecido en aquella universidad. Norman retiró con las manos las hojas secas que se habían acumulado sobre tres lápidas dispuestas en la tierra, una al lado de la otra: Irma Brandeis, Hannah Arendt, Mary McCarty. Tal vezfue en el interior de su Casamínima en el campus (que antes había pertenecido a Irma Brandeis), una tarde en que le revelé que su amado Paul Celan, en los años cincuenta, cuando prácticamente nadie en Europa sabía quién era Pessoa, había traducido algunos poemas suyos que encontró en una revista alemana de la época. O quizá fue durante aquellas tardes en que íbamos a cenar a su casa de Nueva York,en el Upper West Side, y Cella preparaba exquisiteces rumanas, y nos quedábamos charlando hasta muy noche. Probablemente fue un día gélido de invierno en el Lincoln Center, cuando me atreví a hablar de la carnicería de nuestro siglo, del Leviatán totalitario y de sus propios libros. Me pareció que una enorme tristeza lo asaltó, de modo que nos pusimos a hacer payasadas delante de los transeúntesateridos: él se hizo retratar en una pose de levantador de pesas imaginarias frente al cartel teatral de A man of no importance, y a su vez me fotografió en una pose ridícula. Hasta que un día me confió que su amigo Saul Steinberg sostenía que cuando se trata de amigos es necesario declararse la amistad, pues de otra forma ¿qué clase de amigos serían? Y aquel día intercambiamos una solemnedeclaración de amistad. * Si no fuera amigo de Norman Manea me gustaría serlo sin duda, sobre todo después de leer El regreso del húligan, un libro esplén-

Norman Manea, El regreso del húligan, Tusquets, Barcelona, 2005, 392 pp.

onocí a Norman Manea en el otoño de 2003, en el Bard College de Nueva York, lugar al que me había invitado a dar un curso dentro de su cátedra de Cultura europea. Del largoperíodo que viví en Nueva York, los días transcurridos a su lado se han vuelto indelebles en mi memoria. Recuerdo el sentimiento de respeto con el cual me dirigía a nuestro primer encuentro, en un restaurante de Rhinebeck, en las orillas del río Hudson. Manea iba acompañado de su esposa, Cella; yo, de María José. Nos llevó en coche una joven colega italianista, Nina Cannizzaro, a quien me habíadirigido quizá con el temor de afrontar directamente a un escritor cuyos libros me habían suscitado gran turbación, y a quien le había tocado el mal de nuestro siglo, lo peor que nuestra Europa hubiera

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7 2 : L e t ras L i b r e s

Octubre 2005

dido al que prefiero referirme como una novela. Lleva como subtítulo Una vida, pero no es cierto que se trate sólo de una vida, de un simple...
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