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  • Publicado : 2 de noviembre de 2009
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EI sol se ocultaba ya; y las nieblas ascendían del profundo seno de los valles; deteníanse un momento entre los oscuros bosques y las negras gargantas de la cordillera, como un rebaño gigantesco; después avanzaban con rapidez hacia las cumbres; se desprendían majestuosas de las agudas copas de los abetos e iban, por último, a envolver la soberbia frenre de las rocas, titánicos guardianes de lamontaña que habían desafiado allí, durante millares de siglos, las tempestades del cielo y las agitaciones de la tierra.
Los últimos rayos del sol poniente franjaban de oro y de púrpura estos enormes turbantes formados por la niebla; parecían incendiar las nubes agrupadas en el horizonte,rielaban débiles en las aguas tranquilas del remoto lago, temblaban al retirarse de las llanuras invadidas ya porla sombra y desparecían después de iluminar con su última caricia la oscura cresta de aquella oleada de pórfido.
Los postreros rumores del día anunciaban por dondequiera la proximidad del silencio. A lo lejos, en los valles, en las faldas de las colinas, a las orillas de los arroyos, veíanse reposando quietas y silenciosas las varadas; los ciervos cruzaban como sombras entre los árboles, en buscade sus ocultas guaridas; las aves habían entonado ya sus himnos de la tarde, y descansaban en sus lechos de ramas; en las rozas se encendía la alegre hoguera de pino, y el viento glacial del invierno comenzaba a agitarse entre las hojas.
La noche se acercaba tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, es decir, que pronto la noche de Navidad cubriría nuestro hemisferio con su sombra sagrada yanimaría a los pueblos con sus alegrías íntimas. ¿Quién que ha nacido cristiano y que ha oído renovar cada año, en su infancia, la poética leyenda del nacimiento de Jesús, no siente en semejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de los primeros días de la vida?
Yo, ay de mí, al pensar que me hallaba, en este día solemne, en medio del silencio de aquellos bosques majestuosos, aun en presenciadel magnífico espectáculo que se presentaba a mi vista absorbiendo mis sentidos embargados poco ha por la admiración que causa la sublimidad de la naturaleza, no pude menos que interrumpir mi dolorosa meditación, y encerrándome en un religioso recogimiento evoqué todas las dulces y tiernas memorias de mis años juveniles. Ellas se despertaron alegres como el enjambre de bulliciosas abejas y metransportaron a otros tiempos, a otros lugares; ora al seno de mi familia humilde y piadosa; ora al centro de populosas ciudades, donde el amor, la ansiedad y el placer, en delicioso concierto, habían hecho siempre grata para mi corazón esa noche bendita.
Recordaba mi pueblo, mi pueblo querido, cuyos alegres habitantes celebraban a porfía con bailes, cantos y modestos banquetes la Nochebuena.Parecíame ver aquellas pobres casas adornadas con sus nacimientos y animadas por la alegría de la familia; recordaba la pequeña iglesia iluminada, dejando ver desde el pórtico el precioso Belén, curiosamente levantado en el altar mayor; parecíame oír los armoniosos repiques que resonaban en el campanario, medio derruído, convocando a los fieles a la misa de gallo, y aún escuchaba, con el corazónpalpitante, la dulce voz de mi pobre y virtuoso padre, excitándonos a mis hermanos y a mí a arreglarnos pronto para dirigirnos a la iglesia, a fin de llegar a tiempo; y aún sentía la mano de mi buena y santa madre tomar la mía para conducirme al oficio.
Después me parecía llegar, penetrar por entre el gentío que se precipitaba en la humilde nave, avanzar hasta el pie del presbiterio, y allí arrodillarme,admirando la hermosura de las imágenes, el portal resplandeciente con la escarcha, el semblante risueño de los pastores, el lujo deslumbrador de los Reyes Magos y la iluminación espléndida del altar. Aspiraba con delicia el fresco y sabroso aroma de las ramas de pino, y el heno que se enreda en ellas, que cubría el barandal del presbiterio y que ocultaba el pie de los blandones. Veía después...
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